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La metafilosofía: ¿Una Ontología y epistemología de la filosofía?. Metaphilosophy: An Ontology and Epistemology of Philosophy?. |
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DOI: 10.32870/sincronia.v30.n90.e310 Esta obra está bajo una licencia internacional Creative Commons Atribución-NoComercial 4.0
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Noe Contreras Torres |
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Resumen. Palabras clave: Metafilosofía. Ontología. Epistemología. Pensamiento contemporáneo. Crítica filosófica. Abstract. Keywords: Metaphilosophy. Ontology. Epistemology. Contemporary thought. Philosophical critique. |
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Recepción: 31/07/2025 Revisión: 19/03/2026 Aprobación: 27/05/2026 |
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Introducción La filosofía ha sido a lo largo de la historia un ejercicio de pensamiento riguroso, sin embargo, durante este trayecto de más de dos mil años, los mismos pensadores se han preocupado por preguntarse qué es la filosofía, este ejercicio se ha conocido como metafilosofía, mediante el cual se ha definido la naturaleza del quehacer filosófico, sin embargo, una reflexión especifica de una ontología de la filosofía y una epistemología de la filosofía en el siglo XXI sería de gran apoyo para las definiciones y lo relacionado a la naturaleza filosófica. En la actualidad, y particularmente en el siglo XXI, este ejercicio adquiere una nueva urgencia. Las transformaciones sociales, tecnológicas y culturales exigen que la filosofía repiense su función, su legitimidad y su relación con otras formas del saber. En un mundo saturado de información y discursos, la necesidad de un pensamiento crítico, sistemático y bien fundamentado es evidente. Pero para que la filosofía pueda desempeñar este rol, necesita primero clarificar su propia identidad desde una perspectiva ontológica y epistemológica. Desde el punto de vista ontológico, se trata de preguntarse por el ser de la filosofía: ¿es una ciencia?, ¿un arte?, ¿una forma de sabiduría?, ¿una práctica crítica? Estas preguntas, lejos de ser meramente abstractas, afectan directamente la manera en que se enseña, se investiga y se practica la filosofía. Una ontología de la filosofía permitiría definir con mayor precisión qué tipo de entidad es la filosofía y cómo se diferencia de otras disciplinas o formas de conocimiento. La epistemología de la filosofía, por su parte, abordaría el problema del conocimiento filosófico: ¿cómo sabe la filosofía lo que sabe?, ¿cuáles son sus criterios de verdad?, ¿existen métodos filosóficos universalmente válidos o dependen del contexto cultural e histórico? En este sentido, una epistemología de la filosofía permitiría evaluar sus límites, su validez y su relevancia frente a otras formas de conocimiento, como la ciencia empírica, la teología o la literatura. Al abordar ambas dimensiones —ontológica y epistemológica— se posibilita una comprensión más integral de la filosofía. Esto no solo fortalece su identidad disciplinar, sino que también permite establecer diálogos más sólidos con otras áreas del saber. Además, puede contribuir a resolver tensiones internas dentro del campo filosófico, tales como la fragmentación entre corrientes analíticas y continentales, o el debate entre filosofía académica y filosofía pública. En este marco, la metafilosofía no se presenta como un lujo teórico, sino como una necesidad metodológica y ontológica. Para pensar el mundo contemporáneo —marcado por la inteligencia artificial, la crisis ecológica, el multiculturalismo y la desinformación— la filosofía necesita repensarse a sí misma. Una metafilosofía bien articulada puede proporcionar los instrumentos necesarios para una práctica filosófica más rigurosa, más clara y comprometida con los desafíos actuales. Asimismo, esta revisión interna de la filosofía podría tener implicaciones pedagógicas importantes. Si comprendemos mejor qué es la filosofía y cómo funciona, podremos enseñarla de manera más efectiva. Esto tiene un impacto directo en la formación de nuevas generaciones de pensadores críticos, capaces de enfrentarse a los problemas contemporáneos desde una perspectiva filosófica sólida y contextualizada. La Epistemología de la filosofía como propuesta de área de trabajo En este contexto de posverdad —donde los hechos y las pruebas ceden terreno frente a las creencias personales y las emociones—, la filosofía adquiere una responsabilidad crítica insustituible. Sin embargo, para ejercer dicha responsabilidad de manera efectiva, debe clarificar previamente sus propios fundamentos epistémicos. Como señala Blackburn (2005), la filosofía puede considerarse “el arte de hacer preguntas fundamentales”, pero no puede evitar preguntarse por la validez y el alcance de sus propios métodos. Esta autorreflexión, en términos metafilosóficos, es la que puede devolver a la filosofía una función normativa en una sociedad fragmentada por discursos pseudocientíficos y desinformativos. La cuestión epistémica de la filosofía en la era de la posverdad exige una revisión profunda. En un entorno donde las emociones y las creencias personales prevalecen sobre los hechos verificables, la filosofía se encuentra en una encrucijada: o redefine su rol, o queda marginada como un discurso marginal. Como advierte McIntyre (2018), el debilitamiento del valor de la verdad es un fenómeno social alarmante que requiere respuestas estructurales desde el pensamiento crítico. La filosofía, como tradición argumentativa, está especialmente equipada para resistir esta deriva, pero debe comenzar por clarificar su propio estatuto epistémico. Una epistemología de la filosofía debe responder a preguntas fundamentales: ¿cómo se valida el conocimiento filosófico?, ¿existe un método filosófico universal?, ¿en qué se diferencia la filosofía de la ciencia? Nicholas Rescher (2006) sostiene que el conocimiento filosófico no se acumula como en las ciencias naturales, sino que progresa mediante la clarificación de problemas persistentes. Esto implica que el valor epistémico de la filosofía reside en su capacidad crítica, no en la producción de hechos empíricos, lo cual redefine su papel en el ecosistema del conocimiento. La filosofía analítica ha intentado aproximarse a la ciencia mediante métodos más estrictos de análisis lógico y claridad conceptual. Quine y Carnap, por ejemplo, impulsaron una forma de filosofía que buscaba fundamentos verificables, intentando eliminar ambigüedades lingüísticas. Sin embargo, Putnam (2004) advierte que reducir la filosofía a lógica formal puede vaciarla de sus dimensiones éticas, existenciales y sociales. Por tanto, una epistemología exclusivamente lógica no basta para captar la complejidad del quehacer filosófico. Desde la tradición continental, se ha criticado el reduccionismo lógico y se ha defendido una filosofía situada, histórica y dialógica. Gadamer (1975) propuso que el conocimiento filosófico se basa en la comprensión hermenéutica y no en la verificación empírica. Habermas (1987), por su parte, entiende la racionalidad como una práctica comunicativa, en la que los argumentos se legitiman intersubjetivamente. Estas perspectivas amplían la concepción de epistemología filosófica hacia horizontes más sociales y culturales. La ontología de la filosofía también merece atención, pues sin una idea clara de su ser, resulta difícil establecer su función. ¿Es la filosofía un sistema de saber, una actitud crítica o una forma de vida? Hadot (2008) plantea que, en la Antigüedad, la filosofía era una práctica existencial, orientada a la transformación del individuo. Esto contrasta con la visión moderna, más enfocada en la especialización académica. Recuperar esa dimensión ontológica amplia puede revitalizar el valor público de la filosofía. Williamson (2007) afirma que la filosofía debe justificar por qué ciertas prácticas filosóficas cuentan como tales. Esta reflexión metafilosófica permite evaluar críticamente los criterios internos de la disciplina y abre la posibilidad de integrar diferentes escuelas sin caer en relativismos. Para ello, se requiere una definición más inclusiva, pero rigurosa, de qué es hacer filosofía. Así, la metafilosofía no es una tarea secundaria, sino el fundamento para una filosofía crítica y coherente con su tiempo. En la era digital, el discurso filosófico compite con opiniones infundadas, teorías conspirativas y discursos polarizados. Aquí la epistemología filosófica puede ofrecer herramientas de análisis para distinguir entre saber fundamentado y manipulación ideológica. Como sostiene Blackburn (2005), el papel de la filosofía es proporcionar claridad conceptual frente al caos semántico. Pero esta claridad solo puede surgir si la propia filosofía reflexiona sobre sus métodos, límites y modos de validación. La enseñanza de la filosofía también se ve impactada por la falta de una reflexión epistemológica clara. ¿Qué se debe enseñar? ¿historia de la filosofía? ¿técnicas argumentativas? ¿pensamiento crítico? Nussbaum (2010) defiende que la filosofía tiene un papel formativo crucial en las democracias, al cultivar la empatía, la argumentación y el juicio razonado. Esta dimensión práctica de la filosofía depende de una concepción epistémica que la entienda no como acumulación de teorías, sino como ejercicio de libertad racional. Además, la globalización y el pluralismo cultural exigen una metafilosofía más inclusiva. Las filosofías africanas, orientales e indígenas aportan modos de saber que no siempre encajan en los modelos occidentales tradicionales. Alcoff (2015) sostiene que incorporar estas voces no solo diversifica la filosofía, sino que también obliga a repensar qué cuenta como conocimiento válido. Por tanto, una ontología y epistemología de la filosofía en el siglo XXI debe abrirse a múltiples tradiciones sin renunciar a la crítica rigurosa. Es un hecho que la filosofía necesita definirse a sí misma con mayor claridad para continuar siendo socialmente relevante. La metafilosofía, en tanto reflexión sobre la filosofía, ofrece las herramientas para elaborar una ontología de su ser y una epistemología de su saber. En tiempos de posverdad, desinformación y crisis de sentido, una filosofía que sabe quién es y cómo conoce puede ser clave para reconstruir el valor público del pensamiento crítico. Esa es, quizás, una de sus tareas más urgentes hoy. La obra de Nicanor Ursúa ofrece una base sólida para desarrollar una epistemología de la filosofía que no se reduzca a un conjunto de técnicas argumentativas, sino que reconozca la complejidad estructural del pensamiento filosófico. En La razón como argumento (1998), Ursúa sostiene que la filosofía se legitima no por la autoridad de sus contenidos, sino por la calidad de su argumentación. Esta concepción plantea que el conocimiento filosófico se construye a través del discurso racional, entendiendo la razón no como forma rígida, sino como apertura crítica al sentido. Por tanto, la epistemología de la filosofía debe centrarse en las condiciones estructurales del discurso argumentativo. Ursúa no propone una epistemología al estilo de las ciencias empíricas, sino una comprensión específica de la racionalidad filosófica como forma de conocimiento orientada al esclarecimiento. Esta racionalidad se basa en una estructura argumentativa cuyo valor no depende de su correspondencia empírica, sino de su capacidad para revelar coherencias profundas en el pensamiento y el lenguaje (Ursúa, 2002). En este marco, la filosofía no se define por acumular conocimientos positivos, sino por clarificar conceptos, problematizar supuestos y analizar estructuras discursivas. La epistemología de la filosofía, entonces, no debe buscar verdades absolutas, sino articular sentidos posibles. El concepto de “estructura” es central en la epistemología filosófica según Ursúa. En Estructura y fundamento (2002), afirma que todo conocimiento filosófico implica una organización interna de categorías, conceptos y relaciones que no pueden separarse de su forma de presentación argumentativa. Desde esta visión, conocer filosóficamente no es solo captar contenidos, sino también entender cómo se ordenan esos contenidos y qué principios los sostienen. La filosofía, por tanto, se presenta como una forma estructural de conocimiento que exige una epistemología específica, distinta de la empírico-positivista pero no por ello menos rigurosa. Frente a los reduccionismos que intentan medir el valor del conocimiento filosófico con parámetros científicos, Ursúa defiende la singularidad epistémica de la filosofía. A diferencia de las ciencias naturales, la filosofía no parte de observaciones empíricas, sino de preguntas fundamentales sobre el sentido, el ser y el conocer. Sin embargo, esto no significa que sea arbitraria o subjetiva. Como subraya Ursúa (2004), la filosofía exige una racionalidad crítica que se valida en el diálogo, la argumentación y la revisión constante de sus propios supuestos. Esa es su fuerza epistémica, y no una debilidad frente al método científico. Además, la epistemología de la filosofía, tal como la concibe Ursúa, debe reconocer la dimensión histórica y cultural del pensamiento. La racionalidad filosófica no es atemporal ni neutra, sino situada, interpretativa y abierta al conflicto de perspectivas. Esta característica le permite problematizar incluso sus propias condiciones de posibilidad. Ursúa (1998) destaca que la filosofía está obligada a someterse a sí misma a examen, construyendo su conocimiento desde una tensión constante entre tradición y ruptura. Este rasgo autorreflexivo constituye una forma singular de conocimiento, que exige una epistemología crítica y dinámica. Por último, en el pensamiento de Ursúa, la filosofía como forma de conocimiento tiene una orientación práctica. No se trata solo de saber por saber, sino de pensar para comprender y transformar. En este sentido, la epistemología de la filosofía no puede desvincularse de sus fines éticos, existenciales y sociales. Como sostiene el autor, pensar filosóficamente es comprometerse con el sentido y con la verdad, no como certezas absolutas, sino como horizontes de búsqueda (Ursúa, 2004). Así, una epistemología de la filosofía debe integrar tanto su estructura lógica como su vocación transformadora. Reflexiones ontológicas de la filosofía ¿Qué se ha hecho y qué hay por hacer? Las reflexiones ontológicas sobre la filosofía han oscilado históricamente entre considerarla como un saber, una actitud o incluso como una forma de vida. José Ortega y Gasset sostuvo que la filosofía no es una ciencia como las otras, sino “la ciencia radical” que se pregunta por el fundamento de todas las cosas, incluyendo a sí misma (Ortega y Gasset, 1960). Para Ortega, el ser de la filosofía radica en su vocación radical, es decir, en su tarea de preguntar por aquello de lo que todo lo demás depende. Esta radicalidad la distingue de cualquier otro saber y la sitúa en un lugar ontológicamente singular, pues reflexiona sobre la totalidad del ser desde la perspectiva de la vida humana. Por su parte, José Gaos retoma esta noción radical y la proyecta hacia una historicidad esencial de la filosofía. En Filosofía de la filosofía (1974), Gaos señala que la filosofía no puede concebirse sin atender al contexto histórico y lingüístico en el que se desarrolla. Así, la ontología de la filosofía no puede abstraerse de su carácter histórico-existencial. Su ser se manifiesta en el tiempo, a través de lenguajes concretos, y se redefine en cada época. Esto no implica relativismo, sino la aceptación de que el “ser de la filosofía” está en constante devenir, tal como ocurre con la conciencia que reflexiona sobre sí misma. Martin Heidegger, cuya influencia es palpable tanto en Ortega como en Gaos, también planteó que la pregunta por el ser no puede separarse del pensar filosófico. En Ser y tiempo (1927), Heidegger establece que el ser no es un objeto más, sino el horizonte desde el cual todo aparece como ente. En consecuencia, la filosofía, en su núcleo ontológico, es el preguntar por el ser, lo cual implica una tarea interminable. Según Heidegger (2003), el ser se oculta y se revela al mismo tiempo, lo que hace de la filosofía una actividad esencialmente interpretativa, abierta y nunca conclusiva. Siguiendo esta línea, Xavier Zubiri introduce una perspectiva particular sobre el ser y la inteligencia filosófica. Para Zubiri (1980), la filosofía no solo se pregunta por el ser, sino que lo capta desde una “inteligencia sentiente”, que no separa razón y experiencia. Esta concepción ontológica desafía las dicotomías tradicionales entre sujeto y objeto, teoría y práctica. Desde este enfoque, el ser de la filosofía no está en una abstracción lógica, sino en una aprehensión radical de la realidad vivida. Así, la filosofía no es solo conceptualización, sino también experiencia de lo real, lo cual enriquece su definición ontológica. Maurice Merleau-Ponty, desde la fenomenología, aporta una visión corporal y perceptiva del ser. En Fenomenología de la percepción (1945), sostiene que el ser no se da en ideas puras, sino en la carne del mundo, en la experiencia sensible y encarnada del sujeto. Desde este punto de vista, la filosofía es una actividad ontológica encarnada, en la que el cuerpo también piensa. Esto transforma nuestra comprensión del ser filosófico: no como entidad abstracta, sino como sujeto situado en un mundo compartido. La filosofía se convierte así en un diálogo entre el cuerpo y el mundo, una forma de expresión existencial. Gilles Deleuze también rompe con las formas tradicionales de concebir el ser filosófico. En Diferencia y repetición (1968), plantea que el ser no es unidad ni identidad, sino diferencia en sí misma. La filosofía, entonces, ya no busca fundamentos eternos, sino que crea conceptos que acompañan la multiplicidad del devenir. Deleuze (1994) propone una ontología filosófica creativa, en la que pensar no es representar, sino producir. Esto redefine el ser de la filosofía como creación de sentido, como invención de problemas y líneas de fuga. Desde esta perspectiva, la filosofía no es tanto contemplación como experimentación. En el ámbito hispanoamericano, Enrique Dussel introduce una ontología crítica desde la exterioridad. En Filosofía de la liberación (1977), argumenta que la filosofía occidental ha construido una ontología centrada en el ser dominante, invisibilizando al otro. La filosofía, según Dussel, debe ser repensada desde la exclusión, la alteridad y la periferia. Esto implica que el ser de la filosofía no es neutral ni universal, sino históricamente condicionado por relaciones de poder. La tarea ontológica de la filosofía, entonces, es descolonizarse, reconstruir su ser desde las voces silenciadas. Estas distintas visiones nos muestran que el ser de la filosofía no puede ser reducido a una única categoría. Es pensamiento, lenguaje, existencia, historia, cuerpo, creación y resistencia. La ontología de la filosofía se despliega como un campo plural, abierto y en constante transformación. Lo que une estas perspectivas es la insistencia en que la filosofía no es un saber dado, sino una actividad que se reconfigura en cada acto de pensar. Esta reconfiguración constante también implica una revisión epistemológica: el modo en que conocemos la filosofía depende del modo en que la entendemos ontológicamente. En consecuencia, cualquier proyecto metafilosófico serio debe integrar sus dimensiones epistemológicas y ontológicas. Como señala Ortega y Gasset (1960), el filósofo “no vive en el mundo como el sabio, sino como el que se pregunta por el mundo”. Esta actitud interrogativa es, a la vez, una forma de conocer y de ser. De ahí que el ser de la filosofía esté en su forma de conocimiento, y su conocimiento en su modo de ser. El dualismo epistemología/ontología se revela como falso, pues ambos planos se interpenetran en la práctica filosófica misma. Por todo ello, repensar la ontología de la filosofía no es una tarea abstracta o secundaria, sino fundamental para mantener su vigencia en el siglo XXI. Vivimos tiempos de fragmentación, posverdad y tecnocracia, donde el sentido del pensar se ha vuelto difuso. La filosofía, si desea seguir siendo relevante, debe recuperar la pregunta por su ser. Pero esta recuperación no debe ser nostálgica, sino crítica y creativa, abierta a la pluralidad de tradiciones y desafíos actuales. Solo así podrá sostener una epistemología coherente con su misión y su historia. La ontología de la filosofía, como reflexión sobre su propio ser, exige atención tanto a su historia como a su proyección crítica. La filosofía no solo pregunta por el ser de las cosas, sino también por su propio estatuto como saber. Esto la diferencia de otros discursos: no se limita a describir o explicar, sino que también se interroga por su sentido y función. En este marco, se vuelve imprescindible analizar cómo distintas corrientes contemporáneas han problematizado el ser de la filosofía, más allá de los sistemas tradicionales, abriendo el pensamiento a nuevas formas de existencia y relación. Jean-Luc Nancy, por ejemplo, ha defendido una ontología relacional y abierta, donde el ser no se da como sustancia cerrada, sino como co-existencia. En La comunidad inoperante (1986), Nancy afirma que el ser no es una entidad aislada, sino una “exposición al otro”, una forma de estar juntos sin totalización. En este contexto, la filosofía adquiere un lugar ontológico como práctica compartida, más que como sistema acabado. Pensar filosóficamente sería, entonces, exponerse al otro y al sentido, en un acto continuo de apertura. Desde una óptica política, Hannah Arendt también reivindica una ontología del pensamiento como acción. En La vida del espíritu (1978), Arendt distingue entre el pensar, el querer y el juzgar como condiciones del ser humano libre. Para ella, la filosofía no puede quedar en la abstracción, pues su ser se verifica en su relación con el mundo y con la responsabilidad. El pensar filosófico tiene un carácter existencial y público: su ontología se despliega en el juicio y en la posibilidad de hacer mundo en común. Así, la filosofía es tanto pensamiento como acontecimiento ético. Alain Badiou, en El ser y el acontecimiento (1988), da un giro radical a la pregunta ontológica. Para Badiou, el ser es múltiple y la filosofía se encarga de pensar las condiciones bajo las cuales surge un acontecimiento de verdad. No es la filosofía quien produce la verdad, sino quien se mantiene fiel a sus irrupciones. La ontología de la filosofía, por tanto, no está en la representación del ser, sino en su relación con la novedad, con lo que rompe con el orden establecido. Pensar es seguir el hilo de lo imposible, darle forma a lo que antes no tenía lugar. La filosofía también ha sido interrogada como práctica crítica frente a los excesos del mundo contemporáneo. Byung-Chul Han, en La sociedad del cansancio (2012), diagnostica que vivimos en una época marcada por el rendimiento, la positividad y el agotamiento del sujeto. Frente a esto, la filosofía puede asumir un rol ontológico de resistencia: detenerse, pensar, no hacer. Han sugiere que el ser del pensamiento se encuentra en su negatividad, en su capacidad para no dejarse capturar por la lógica productivista. En ese sentido, la filosofía no solo pregunta por el ser, sino que lo encarna como pausa necesaria. Eugenio Trías, en La filosofía y su sombra (1999), ha planteado que la filosofía se encuentra en los márgenes del saber, en el límite entre el discurso racional y lo indecible. Para Trías, el ser de la filosofía no se da como verdad plena, sino como exploración de sus propias sombras. La ontología filosófica es fronteriza, simbólica y trágica. El pensar filosófico se enfrenta con lo que no puede ser plenamente dicho, y es ahí, precisamente, donde encuentra su fuerza. La filosofía, entonces, habita el umbral, el límite donde la razón tropieza con su propia oscuridad. Paul Ricoeur aporta una mirada hermenéutica a la pregunta por el ser filosófico. En El conflicto de las interpretaciones (1969), sostiene que la filosofía no busca una esencia universal, sino que se desarrolla en la mediación entre múltiples significados. La ontología, desde este enfoque, no es una ciencia del ser puro, sino una narrativa del ser en conflicto. El ser se interpreta, se discute, se revisa. Así, la filosofía no afirma el ser, sino que lo interroga desde el lenguaje y la historia. Su tarea ontológica es una constante traducción del mundo y de sí misma. La combinación de estas perspectivas muestra que el ser de la filosofía no se define por su clausura sistemática, sino por su apertura a lo diverso, lo inacabado y lo posible. La filosofía es crítica, interpretación, pausa, apertura, acontecimiento, sombra. Su ontología ya no puede buscar fundamentos últimos, sino modos de habitar el pensamiento. Esta multiplicidad no debilita a la filosofía, sino que la hace capaz de enfrentar las crisis contemporáneas con nuevas herramientas y formas de decir. Al pensar la ontología de la filosofía desde estos autores, comprendemos que su ser no es sustancia ni esencia fija, sino tensión, movimiento y creación. La filosofía no se define por tener respuestas últimas, sino por la insistencia en preguntar, incluso por sí misma. En esa tarea —a veces silenciosa, a veces disruptiva—, se revela como espacio en el que el ser y el pensar se entrelazan, no como certeza, sino como apertura al sentido. En definitiva, la filosofía debe seguir reflexionando sobre su ser, no como ejercicio académico cerrado, sino como afirmación viva de su responsabilidad crítica. En un mundo donde el sentido se fragmenta y la velocidad impide pensar, la filosofía puede recuperar su ser como acto de cuidado, de resistencia, de hospitalidad frente al otro. Esa es, hoy más que nunca, su tarea ontológica. Conclusiones La necesidad de repensar la filosofía desde una perspectiva ontológica y epistemológica no es, por tanto, una moda intelectual, sino una exigencia derivada de los retos actuales. Si bien las voces del siglo XX han sido esenciales para articular este diagnóstico, sus raíces pueden trazarse hasta pensadores clásicos como Platón, Aristóteles o incluso los estoicos. La filosofía, desde su origen, ha sido autorreflexiva: siempre ha preguntado por sí misma y por su razón de ser. Esta tradición continúa hoy, con nuevas herramientas, pero con la misma inquietud esencial. Por ello, recuperar elementos de la tradición antigua no significa un retorno nostálgico, sino una relectura crítica y contextualizada. El ejercicio socrático del diálogo, la búsqueda aristotélica de las causas primeras o la serenidad estoica frente al caos, pueden ser redescubiertos como modelos ontológicos útiles para enfrentar la fragmentación contemporánea. La filosofía, como ha sido históricamente, puede volver a ser guía en tiempos inciertos si se permite actualizar sus categorías en diálogo con el presente. Al mismo tiempo, el pensamiento moderno —desde Descartes hasta Kant— aportó una sistematización de los problemas filosóficos que sigue siendo crucial. Las cuestiones sobre el sujeto, la libertad, la razón y el conocimiento no han perdido actualidad, aunque hoy deban ser replanteadas desde nuevos marcos interculturales, tecnológicos y políticos. La filosofía del siglo XXI no puede renunciar a estas fuentes sin empobrecer su capacidad crítica y su hondura conceptual. En este sentido, la metafilosofía aparece como un ejercicio clave para nuestro tiempo. Reflexionar sobre la naturaleza, los métodos y los fines de la filosofía no es una tarea meramente teórica, sino también ética y política. Implica preguntarse no solo qué es la filosofía, sino para qué sirve, cómo se justifica y qué papel tiene en una sociedad marcada por la aceleración, la desigualdad y la crisis de sentido. Esta reflexión puede ser, también, un acto de resistencia frente a su instrumentalización o marginalización. Los desafíos actuales —como la posverdad, el avance de la inteligencia artificial, la crisis ecológica o la pérdida del sentido común compartido— exigen una filosofía que se piense a sí misma para poder responder con coherencia. Una filosofía sin metafilosofía corre el riesgo de repetir fórmulas vacías o de aislarse en una torre académica sin conexión con la realidad. Al contrario, una ontología y una epistemología de la filosofía bien planteadas pueden devolverle a esta disciplina su función crítica y formadora. Además, pensar la filosofía hoy exige reconocer su pluralidad. No existe una única forma válida de hacer filosofía: existen múltiples voces, tradiciones y métodos. Reconocer esta diversidad ontológica no debilita a la filosofía, sino que la fortalece. La apertura al diálogo entre culturas, géneros y disciplinas puede enriquecer la comprensión del ser filosófico y del acto mismo de filosofar, sin perder de vista su exigencia de rigor y claridad conceptual. En resumen, el siglo XXI no demanda una filosofía completamente nueva, sino una filosofía que se atreva a renovarse desde dentro. Esta renovación pasa por revisar sus fundamentos, sus objetivos y su función social. Retomar autores clásicos y modernos, interpretarlos desde los retos actuales y proyectar nuevas preguntas es parte de ese camino. La metafilosofía, como reflexión crítica sobre el ser y el saber de la filosofía, se presenta entonces como una herramienta imprescindible para su revitalización y continuidad. |
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Referencias Alcoff, L. M. (2015). The future of epistemology. In J. F. K. Smith (Ed.), The Future of Philosophy (pp. 21–39). Oxford University Press. Blackburn, S. (2005). Truth: A Guide for the Perplexed. Penguin. Gadamer, H.-G. (1975). Truth and Method. Continuum. Habermas, J. (1987). The Theory of Communicative Action (Vol. 2). Beacon Press. Hadot, P. (2008). Philosophy as a Way of Life. Blackwell. McIntyre, L. (2018). Post-Truth. MIT Press. Nussbaum, M. C. (2010). Not for Profit: Why Democracy Needs the Humanities. Princeton University Press. Putnam, H. (2004). The Collapse of the Fact/Value Dichotomy and Other Essays. Harvard University Press. Rescher, N. (2006). Philosophical Dialectics: An Essay on Metaphilosophy. SUNY Press. Ursúa, N. (1998). La razón como argumento: ensayo de metafilosofía. Universidad del País Vasco. Ursúa, N. (2002). Estructura y fundamento: hacia una teoría estructural del conocimiento. Universidad del País Vasco. Ursúa, N. (2004). La filosofía y su sombra: saberes, ciencias y metafilosofía. Universidad del País Vasco. Williamson, T. (2007). The Philosophy of Philosophy. Blackwell. Deleuze, G. (1994). Difference and Repetition (P. Patton, Trad.). Columbia University Press. (Trabajo original publicado en 1968) Dussel, E. (1977). Filosofía de la liberación. Edicol. Gaos, J. (1974). Filosofía de la filosofía. UNAM. Heidegger, M. (2003). Ser y tiempo (J. Gaos, Trad.). Fondo de Cultura Económica. (Trabajo original publicado en 1927) Merleau-Ponty, M. (1945). Fenomenología de la percepción. Gallimard. Ortega y Gasset, J. (1960). Qué es filosofía. Revista de Occidente. Zubiri, X. (1980). Inteligencia sentiente: Inteligencia y realidad. Alianza Editorial. Arendt, H. (1978). La vida del espíritu. Taurus. Badiou, A. (1988). El ser y el acontecimiento. Akal. Han, B.-C. (2012). La sociedad del cansancio. Herder. Nancy, J.-L. (1986). La comunidad inoperante. Arena Libros. Ricoeur, P. (1969). El conflicto de las interpretaciones. Fondo de Cultura Económica. Trías, E. (1999). La filosofía y su sombra. Galaxia Gutenberg. |
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Universidad de Guadalajara Departamento de Filosofía / Departamento de Letras |
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