La búsqueda de la identidad nacional
en la visión romántica de Netzula
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The search for national identity
in Netzula's romantic visión.

 
 

DOI: 10.32870/sincronia.v30.n90.e1033

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María de Lourdes Ortiz Sánchez
Universidad Autónoma de Zacatecas
(MÉXICO)
CE. lmorsa@uaz.edu.mx
https://orcid.org/0009-0008-9852-8829

 

     
         

Resumen.
En el siglo XIX se buscó en el pasado los elementos que ayudaran a definir la nueva nación, como en la obra Netzula (1837) que ofrece una visión sobre las preocupaciones de un autor que colaboró en el proceso de construcción de la literatura mexicana. El texto ofrece una visión de lo indígena, así como de los valores patrióticos que su autor buscaba afianzar en los lectores. El objetivo es analizar tanto el contexto histórico-literario previo, así como la obra en cuestión para reflexionar sobre su contenido literario y su inserción en un constructo identitario que recuperó lo indígena para consolidar la nación en lo cultural y en lo político. La metodología consiste en tres apartados en los que se discute la función de la literatura en el proceso de identidad en etapas clave como la colonia y el siglo XIX, así como el análisis de la obra que se caracteriza por el tratamiento de un tema que se centra en los días previos a la caída de Tenochtitlan y el heroísmo de los aztecas para defenderla de la asechanza hispana, lo anterior en el marco del romanticismo. Además. se discute la relación en los conceptos de identidad y literatura.

Palabras clave: Literatura mexicana. Identidad nacional. Novela indigenista. Romanticismo.

Abstract.
In the 19th century, the past was sought for elements that would help define the new nation, as in the work Netzula (1837), which offers insight into the concerns of an author who contributed to the construction of Mexican literature. The text presents a vision of indigenous culture, as well as the patriotic values ​​that its author sought to instill in readers. The objective is to analyze both the preceding historical and literary context, as well as the work itself, to reflect on its literary content and its place within an identity construct that reclaimed indigenous elements to consolidate the nation culturally and politically. The methodology consists of three sections that discuss the role of literature in the identity process during key periods such as the colonial era and the 19th century, as well as the analysis of the work, which is characterized by its treatment of a theme centered on the days leading up to the fall of Tenochtitlan and the heroism of the Aztecs in defending it from the Spanish threat, all within the framework of Romanticism. Furthermore... The relationship between the concepts of identity and literature is discussed.

Keywords: Mexican literature. National identity. Indigenist novel. Romanticism.

 
Recepción: 19/02/2026
Revisión: 21/04/2026
Aprobación: 23/06/2026
 
         
 
 

La identidad y la literatura nacional

La necesidad de forjarse un rostro y un nombre fue para los intelectuales criollos del período colonial una cuestión apremiante. En esa búsqueda necesaria, existencial, acudieron a la construcción de mitos, a la recuperación del pasado prehispánico, hablaron en términos de patria y se diferenciaron de los españoles. Los criollos no se sentían inferiores, ni en lo físico ni en lo intelectual. La sociedad colonial se caracterizó por el mestizaje entre blancos, indios, negros, asiáticos, etc., lo cual arrojó una variedad de castas que fueron designadas de manera despectiva. En ese contexto primó la discriminación social y racial. Desde el siglo XVII, los criollos padecieron la segregación por parte de los peninsulares y su enojo por este hecho desembocó en una conciencia colectiva contra España. Los criollos no se reconocieron en la herencia hispana y por eso buscaron el legado prehispánico, en ese afán de quitarse la etiqueta de españoles condenados a ser una copia defectuosa de España. Paradójicamente, “La solución adoptada fue, naturalmente, la de apropiarse del esplendor del indio muerto a cambio de desvincularse de la miseria del indio vivo” (Basave, 2002, p. 19).

En el México del siglo XIX, tras la declaratoria de Independencia, los escritores reemprendieron esa búsqueda de identidad; asumieron el compromiso de construir una literatura propia, con la que pudieran identificarse, que hablara de la patria, de sus necesidades y de sus proyectos. En ese esfuerzo se sumaron no pocos creadores, quienes se volvieron partícipes de las asociaciones literarias, en las que se leían y criticaban las producciones en verso y en prosa. El perfil del hombre de letras se conformó a partir de su compromiso social y sus actividades en el campo de la política y de la milicia. La Academia de San Juan de Letrán, fundada en 1836, fue un espacio en el que se concentraron los literatos de la época.  Entre los miembros figuraron Manuel Carpio, Francisco Ortega, Fernando Calderón, José María Roa Bárcena, José Joaquín Pesado, Ignacio Rodríguez Galván, José María Lacunza, entre otros. Los temas en sus obras versaron sobre la Conquista española, la guerra de Independencia, el mundo indígena prehispánico, etc. Ignacio Manuel Altamirano fue un autor que se constituyó como el guía y maestro de los intelectuales decimonónicos. En las academias de creación literaria se manejaba que todos los partícipes sintieran la pertenencia a su lugar de origen y se asumieran como miembros de un colectivo.
En ese sentido, los escritores buscaron lo elementos que los ayudaran a conformar una identidad, además, intentaron unificar al país y dotarlo de un concepto de nación. La literatura propició un sentimiento de asimilación del individuo; la identidad se asoció con la lengua y con la literatura. Desde la creación se buscó formar una conciencia nacional de forma incesante. En el siglo XIX quienes se dedicaban al ejercicio literario se asumieron como hombres de acción que conocían la importancia del manejo del lenguaje oral y escrito. No sólo tenían un capital lingüístico de consideración, sino que lo sabían utilizar para dotar a la literatura de un color local. Puede afirmarse que las academias de creación literaria cumplieron una función de suma importancia, ya que desde esos espacios se emprendió el proyecto nacional, en un período de desgaste económico, social y político, de conflictos internos, de invasiones extranjeras, de pérdida de territorio nacional, de dictaduras, de pleitos entre liberales y conservadores, de derrocamiento de un Imperio y del triunfo de la república.

La literatura escrita en el siglo XIX refleja la idiosincracia, la forma de pensar y de ser, las costumbres, los conflictos políticos, el mestizaje cultural, los temas indígenas y los problemas sociales. La literatura representa una forma de expresión de la cultura, de comunicación atemporal, de tal suerte que “Todos […] necesitaban explicar y explicarse qué pasaba con la literatura nacional, cuál era el rumbo que tomaría, cuáles los temas que interesaban y por qué […]” (Colón, 2009, p. 98). La literatura refleja las ideas de cierta época, su espíritu y cómo evoluciona en el devenir histórico, porque escapa a los rigores impuestos por el tiempo y se constituye como una forma de comunicación que expresa a las nuevas generaciones el carácter de un pueblo que vivió en el pasado.

La mexicanización de la literatura fue un proceso que se gestó no desde el siglo XIX, en el siglo XVIII los jesuitas escribieron desde el destierro con un tono de nostalgia y por amor a la patria que les resultaba lejana. Un ejemplo lo constituye Rafael de Landívar y Ruiz de Bustamante, quien escribió un texto en versos hexámetros al que tituló Rusticatio Mexicana,[1] en el que habla de la naturaleza, de la flora y de la fauna, las costumbres y las diversiones de los habitantes de la zona rural, entre otros temas. Marcó un precedente de importancia porque no sólo se trata de una obra ecléctica, entre el barroco y el neoclásico, sino mestiza porque se recrea en el color local, el espacio mexicano y el mundo clásico al referirse a la mitología, y con ello marcó el inicio de la búsqueda de identidad en la literatura mexicana. Sin duda:

Va a ser el exilio y la nostalgia […] los que inmortalizarán a Rafael Landívar a través de su Rusticatio Mexicana, obra de valor inmenso, no sólo como poesía sino como reflejo del amor, de la angustia, la añoranza y el recuerdo que un humanista como Landívar dedicará a su amada tierra natal que nunca volvería a ver. (De Villa, 2001, p. XV).

En el siglo XIX los autores hispanoamericanos utilizaron el recurso de la descripción, como Landívar en su momento, en obras como La agricultura de la zona tórrida, de Andrés Bello en la que el autor también habló de los espacios que le fueron cercanos. Algunos escribieron poemas épicos sobre las batallas libradas en suelo americano, como José Joaquín de Olmedo, otros trataron problemáticas sociales y políticas, como Sarmiento, Mármol y Echeverría.

Un autor jesuita dieciochesco que abrevó en lo histórico y en lo indígena para defender la patria injuriada por los europeos fue Francisco Xavier Clavijero en Historia antigua de México,[2] con la cual sentó las bases de la tendencia indigenista que varias décadas adelante continuarían otros autores, quienes se vieron determinados por las circunstancias históricas y por la necesidad de encontrar una identidad literaria. Si bien el título es representativo para insertarlo en una disciplina, la historia; el contenido lleva a los lectores a ubicar el texto también en el terreno literario, por el discurso de tendencia narrativa y los recursos retóricos que utilizó. Clavijero (1853) señala que escribió por amor a la patria y apoyado en la verdad, con el afán de demostrar a los europeos que no eran ciertas sus ideas sobre América y los americanos. Argumentó que para tal proyecto se hizo llegar libros de Cádiz, Madrid y otras ciudades de Europa, consultó códices de los antiguos mexicanos y también fue resultado de la experiencia de haber convivido con los indígenas que le fueron contemporáneos.

 Historia Antigua de México fue el resultado de un proceso en el que incidieron varios factores. Clavijero dice:

Al escribir me he propuesto como principal objeto la verdad. Yo me habría fatigado menos y mi historia acaso sería más agradable, si toda la diligencia que he puesto en averiguar la verdad, la hubiese puesto en hermosear mi narración con un estilo brillante y elocuente […]. (1853, p. II).

Sin embargo, en su estilo se percibe la claridad, la concisión, utiliza el recurso de la hipotiposis para tratar con minuciosidad la cuestión geográfica. En el siglo XIX lo mexicano se configuró pues desde el pasado y desde el presente, de tal suerte que:

En el pasado se identificaron los referentes míticos, los referentes sin mancha, los creadores de grandes civilizaciones cuyo tránsito glorioso había sido truncado por la obra de la Conquista. Por su parte, en el presente se encontró lo que no se quería ser, lo que resultaba repugnante, lo que se abominaba y de lo que, a toda costa, se trataba de huir […] (Ruiz, 2018, p. 6).

En este escenario se gestan las obras que tocan el tema indigenista, entre el rescate de la tradición y el rechazo de lo español. Los intelectuales concibieron la literatura como un campo amplio, que involucraba las distintas expresiones de la vida y de la cultura. La novela histórica se erige “[…] como el género dominante de la primera etapa del desarrollo del género novelístico en México, comprendido entre 1821 y 1870 aproximadamente” (Bobadilla, 2018, p. 12).

La novela histórica, junto con otras expresiones literarias como la poesía, contribuyó en la edificación de un imaginario de carácter histórico que “[…] ayudaría a sustentar la unidad nacional que justificara y diera sentido, proyección al porvenir, a la independencia alcanzada en 1821, permitiendo así el desarrollo de un proyecto de nación común” (p. 12). La novela con orientación histórica predominó en la etapa comprendida entre 1836 y 1870 y refleja la situación sociopolítica de México, los especialistas hablan en términos de novela antiespañolista —nació del deseo de consolidar también una emancipación mental y cultural respecto de España y cumplió con la función de justificar la Independencia—, así como la novela de la etapa independentista —cuya intención radica en relacionar la ideología liberal con los orígenes de la Independencia, buscó reescribir la historia de México—. De tal suerte: “[…] el discurso novelesco se configura, generalmente, como una memoria que concientiza las contradicciones del pasado como mecanismo para reconocer y salvaguardar la congruencia del presente” (p. 18).

La búsqueda de la identidad mexicana se apoyó en la historia de México: el mundo prehispánico, la etapa colonial, la Independencia y la República; con el triunfo de ésta, se legitimó el modelo de nación propuesto por el grupo liberal. En este contexto de inestabilidad socio-política y económica surgió el proyecto cultural de mexicanizar la literatura. Era necesario crear una nueva imagen de México y del mexicano y por ello se construyeron los tópicos históricos y culturales desde la postura de los literatos del siglo XIX. Una de las preocupaciones en el grupo liberal fue la educación del pueblo, se pensó en hombres y en mujeres que colaboraran para encauzar por la vía del progreso al México decimonónico. Para conseguir la paz, la unidad y el progreso material, se crearon imágenes, valores, discursos e instituciones.

En ese constructo identitario, los escritores participaron de manera activa, observaron el pasado con admiración, le atribuyeron al personaje del indio una serie de virtudes y atributos físicos que, paradójicamente, no reconocieron en los indios que eran sus contemporáneos. En este siglo, los liberales esgrimieron la idea que no se podía alcanzar el progreso por la ignorancia de la mayoría de la población, porque la educación estaba descuidada desde el nivel básico, hacían falta escuelas con la infraestructura necesaria y profesores con una formación adecuada. En el bando liberal se despreciaba a la población indígena. Desde siglos atrás se dio un mestizaje racial y cultural que continuó en el siglo decimonónico.

Entre los liberales el mestizaje se pensó como la solución para los problemas que se enfrentaban en México, para unificar a la sociedad y construir la nación que se añoraba. Se requería blanquear al pueblo no sólo a través de la educación, sino mediante el mestizaje y para concretar este proyecto nacional pretendían atraer colonos europeos. De tal suerte:

[…] los conservadores suspiraban por un príncipe europeo que gobernara al país, los liberales, sin dejar de hablar de igualdad ante la ley y de condenar los prejuicios raciales, pugnaban por un México alternativamente europeizante y ‘ayanquizado’. Monarquía o república, centralismo o federalismo, el modelo estaba en el extranjero, precisamente en los dominios del hombre blanco (Basave, 2002, p. 23).

En las obras literarias del siglo XIX se observan los prejuicios sociales y de raza, por ejemplo, en El diablo en México, de Juan Díaz Covarrubias, los personajes se definen a partir de su rango social, se trata de los ricos venidos a menos que aparentan fortuna, presumen sus glorias pasadas y desprecian a los pobres; también aparecen los nuevos ricos que no pueden ocultar sus costumbres rústicas y toscas, y son víctimas del desprecio de los que aparentan riquezas; de tal manera que son una suerte de “desclasados”. En Ensalada de pollos, de José Tomás de Cuéllar, el color de la piel es un rasgo que se considera para escalar de un grupo social a otro. En el caso de Concha, personaje femenino protagonista, a pesar de su pobreza, tiene la ventaja de una piel blanca, ojos expresivos y hermosos, juventud y belleza que le permitirán salir de la vecindad y tener un modo de vida, si no honesto, por lo menos gozar de ciertas comodidades en su condición de amante de un pollo rico y de un general.

En ese proceso identitario, los literatos reinventaron el pasado y algunos lo insertaron en un marco romántico, de amor idealizado, de sentimentalismo, de hermosos paisajes y de costumbres. Hurgaron en la historia con la intención de tener una base firme para construir un rostro en el presente con elementos propios. Los escritores:

[…] cristalizaron esta preocupación y ayudaron a la reconstrucción de ese pasado que se necesitaba explorar para entendernos mejor y que tiene que ver con un sentimiento de pertenencia, pero que también ayudó para poder hacer una crítica más fuerte y unir el pasado indígena con el presente, así como superar el colonial para darle a todo un solo nombre: la historia de México (Colón, 2009, p. 99).

El personaje del indio es tratado en la literatura de manera simbólica y como legitimador histórico de la guerra de Independencia, por ejemplo, en Netzula, si bien es cierto que es un texto inspirado en un modelo europeo, como Atala de René de Chateaubriand. Valquiria Wey dice: “[…] la novela indianista va a buscarle a la generación de la independencia unos ascendientes, unos ancestros no ibéricos, que avalen el cambio en la situación política, es decir, que avalen la independencia” (Wey, 1995, p. 4).

El objetivo en el presente ensayo es analizar cómo lo indigenista fue un tema que Lacunza exploró en el pasado para reconstruirlo en el presente y así abonar en la identidad nacional que era algo que le ocupaba y preocupaba. Se procederá a explicar la búsqueda de la identidad en el contexto nacional y cuáles fueron los elementos de los que se valieron los intelectuales para construirla, así como la función de la literatura en este proceso identitario. Se revisará la función social y política de la literatura, las características de la novela indigenista, en lo general y en lo particular en Netzula de José María Lacunza, así como su orientación romántica.

La novela indigenista en el marco del romanticismo en México
En la novela de orientación indigenista se identifican los personajes con características peculiares, que cumplen una determinada función en el universo ficcional, poseen un perfil épico, se exaltan su bravura, el valor, el honor y su amor a la patria. El escritor decimonónico planteó que la indígena era una raza legendaria, idealizada por sus virtudes, si bien fracasó en su intento por defender a la patria, se encomia su actitud decidida de enfrentar la embestida hispánica. Valquiria menciona que el tema arqueográfico es un denominador común en las propuestas narrativas indigenistas, entendido como la escritura sobre lo antiguo, que tiene una tradición amplia en la literatura europea, en autores como Walter Scott. La obra presenta un carácter exótico, relacionado con la lejanía y con lo antiguo, diferente de la situación socio-cultural en la que vivía el indio real, además, se destaca un sentido alegórico que representa un ente social con el que convivía el blanco en una realidad histórica compleja. De tal manera que, “[…] no es convincente en la literatura indianista por la cercanía con su auténtica realidad, sino por la eficacia de la convención poética que le da vida” (p. 6).
La novela indigenista surge de la mano del deseo de independizarse de las influencias hispanas, porque no sólo había que sacudirse el yugo en lo político, social y económico, sino también en lo literario y cultural. El romanticismo como propuesta estética si bien surgió en la Europa del siglo XIX, en las naciones hispanoamericanas se adoptó como corriente que influyó en las artes; en el caso de la literatura se buscó la originalidad, la confianza en el genio nacional, la exaltación de los rasgos culturales propios. Franco (2002) señala que el romanticismo también generó “[…] la exploración de un mundo visionario de sueños y de elementos subconscientes, la ruptura con las normas morales y formales, la exaltación de la espontaneidad y en entusiasmo por la libertad” (p. 80).

En el siglo XIX se exploraron en la novela y en el cuento los deseos de libertad, de retorno al pasado para encontrar una identidad, de idealización de ciertos momentos en la historia nacional como la conquista española, con el anhelo de destacar la valentía y arrojo de los antiguos pobladores. Es en este contexto que José María Lacunza como miembro de la Academia de San Juan de Letrán escribe Netzula. La obra fue firmada con las siglas J.M.L., lo cual suscitó que los críticos la atribuyeran al poblano José María Lafragua, algunos como José Rojas Garcidueñas (1975) la adjudicaron al mencionado autor. El texto apareció en la primera entrega de El año Nuevo, en 1837, órgano de difusión de la Academia de Letrán. Fue Celia Miranda, en 1985, quien atribuyó el texto a Lacunza. Del autor se ha registrado alguna información sobre su vida, nació en la ciudad de México en 1809 y murió en Cuba en 1869. Se desempeñó como secretario de Relaciones Interiores y Exteriores, y fue secretario de Estado con Maximiliano, por lo cual la crítica lo ubica en el bando conservador, motivo por el que fue desterrado a Cuba cuando triunfó la república con Benito Juárez al frente. Se dedicó también al periodismo, al ejercicio literario como narrador y poeta. Estudió leyes en el colegio de San Juan de Letrán, del que después fue docente y rector. Al parecer dominó el italiano, el francés y el inglés, con lo cual evidencia una formación amplia. Además:

Su obra literaria se encuentra dispersa en varios periódicos y revistas, principalmente: El Año Nuevo (1837, 1838, 1840), El Mosaico Mexicano (1837), El Recreo de las Familias (1838), El Semanario de las Señoritas Mexicanas (1842), El Siglo Diez y nueve (1842, 1843, 1851, 1853, 1856), El Ateneo Mexicano (1844, 1845), Museo Mexicano (1845) y Presente Amistoso (1847). (Ruiz, 2018, p. 71-72).

Netzula puede discutirse desde la pertenencia a un determinado género, pues hay críticos de la literatura que lo ubican como novela corta y otros como Adriana Sandoval quien omite la discusión y lo clasifica como cuento. Al respecto existen una serie de estudios sobre el tema. La novela se entiende como una forma de comprender y explicar el mundo, que involucra una actividad hermenéutica para descodificar los significados, en tanto ejercicio intelectual y experiencia significante (Pimentel, 2012). Puede definirse como “[…] la construcción progresiva, por la mediación de un narrador, de un mundo de acción e interacción humanas, cuyo referente puede ser real o ficcional” (Pimentel, 2005, p. 10). Este concepto es de gran amplitud, aclara la autora, y puede aplicarse para la crónica, el cuento corto, la novela, relatos folklóricos, etc.

En cuanto a la novela corta, se menciona que:

El factor que más ha contribuido a la confusión y a la polémica en torno a la novela corta es su extensión. Sus dimensiones son intermedias, de ahí que unos la tomen como un cuento desarrollado en exceso y otros como una novela que no recibió todo el tratamiento requerido. (Mata, 2003, p. 15).

En el cuento se consigna un hecho, y la novela trata una serie de acontecimientos y hechos. El cuento se lee en una sesión y la novela en varias etapas. Óscar Mata discute a quienes consignaron que una novela corta debería tener 50,000 palabras, menciona que en el caso de la del siglo XIX puede tomarse este criterio, pero no para obras escritas en el siglo XX. En sus disquisiciones concluye que:

[…] según el número de cuartillas, el territorio de la novela corta se establecería entre las 15 y las 120 cuartillas, que corresponderían a un mínimo de 5,000 (cinco mil) y a un máximo de 35 000 (treinta y cinco mil) palabras. (p. 17).

En el caso de Netzula, puede clasificarse como novela corta, ya que la extensión del texto consultado tiene 24 páginas, con 20, 25 o 26 líneas en cada una.

En Netzula se perciben personajes que se mueven entre conflictos y determinadas situaciones externas. En el universo ficcional, los indios del Anáhuac se muestran como parte de una sociedad refinada, que ostenta valores morales y emotivos, son valientes, decididos y pertenecen a la clase con privilegios al ser líderes o guerreros. El mundo indígena se presenta desde la visión de un escritor del siglo XIX como un espacio exótico, ideal, cargado de connotaciones románticas. Los críticos José Rojas Garcidueñas (1975) y Adriana Sandoval (2012) han señalado la falta de referentes históricos precisos que llevaron al autor a plantear un espacio ficcional en el que identifican anacronismos, nombres de personajes poco verosímiles, debilidades en la construcción de los personajes y errores de estilo. Al revisar el estado de la cuestión, los investigadores señalan una intertextualidad innegable con Atala, de tal suerte que hasta el título de Lacunza sería semejante. En ese sentido, puede afirmarse que la literatura nacional continuó con la dependencia respecto de la literatura europea, sólo que los modelos se tomaron de Francia o de otros países.

Netzula de Lacunza no es una novela histórica porque no existen en ella referencias precisas al imperio Azteca, sólo se mencionan los últimos días de Moctezuma, no se trata su cosmovisión del mundo y de la vida, sus mitos, sus creencias en el retorno de Quetzalcoátl, los primeros encuentros con los españoles, los pormenores de la derrota del pueblo del sol. La atención del narrador se focaliza sobre los protagonistas: Netzula y Oxfeler, en realidad la conquista se sugiere para ubicar el tiempo de la historia. En los personajes importan su ser, hacer y pensar; es decir, la psicología, la orientación moral y el físico. En el caso de Netzula se describe como una joven hermosa, sensual, tierna, obediente y respetuosa; Oxfeler es guapo, fuerte, valiente, decidido, de convicciones éticas, con un alto valor patriótico. Puede afirmarse que los aspectos en los que más se incide son el retrato físico y el valor moral de sus acciones. En el texto se plantea que los invasores hispanos son los malos, y la doncella, Oxfeler, sus padres y demás guerreros son los buenos, los que luchan con heroísmo para defender la patria vulnerada por los españoles.

En el universo literario se plantea una intriga, no se sabe quién es ese guerrero que se encuentra por accidente con Netzula y en qué desembocará tal acontecimiento. El conflicto es porque la joven ama al guerrero desconocido, sin embargo, no desea contrariar la decisión tomada por sus padres. En el espacio narrativo se identifica un narrador tradicional, el omnisciente, que sabe y ve todo lo que ocurre, se mete en los pensamientos y en las emociones de sus personajes, en sus temores, de tal suerte que “Netzula […] se sobresaltaba de cualquier motivo que le ocurría de nuevo, volvía de la cabaña del anciano y su pensamiento estaba lleno de las ideas de su familia” (Lacunza, 2018, p. 22).  El argumento de la obra es sencillo, trata la historia de amor entre una joven hermosa y un guerrero del que no se sabe su identidad, lo cual se interpreta como una conveniencia literaria que propicia el conflicto; ambos se encuentran por casualidad en el bosque y de ahí surge la atracción y el amor. Netzula no puede corresponderle al joven apuesto porque sus padres concertaron su boda con Oxfeler, quien es hijo de Ogaule, el mejor amigo de Ixtlou y progenitor de la joven indígena. Al final se revela que el prometido y el guerrero desconocido son el mismo, pero los acontecimientos son desafortunados para los enamorados porque mueren durante el enfrentamiento con los españoles.

En cuanto al aspecto lingüístico se percibe un manejo designativo más que connotativo, no se acude con frecuencia a las figuras retóricas para embellecer el discurso, si bien es cierto que se configura un escenario romántico, con imágenes de la naturaleza, de la luna, las estrellas, la noche, la soledad, la tristeza, la nostalgia por el ser amado, etc. El narrador expresa:

[…] la noche está oscura, las nubes presentan un cielo negro y uniforme, como el velo de un sepulcro; una estrella brilla solitaria por un momento y va a perderse en la oscuridad; así el rayo de la dicha para los hombres brilla un instante y desaparece en la inmensidad de los dolores. (p. 48).

Es necesario considerar que en las obras de orientación romántica la naturaleza tiene una presencia destacada, puesto que deja de ser un simple escenario para tener un nivel relevante en el que se desarrolla la historia e interactúan los personajes. El autor configura un espacio ideal, de belleza exquisita en ese afán por describir el territorio asociado a los conceptos de patria y nación, no sólo se trata de hacer una descripción de la naturaleza, sino de exaltarla y embellecerla porque contribuye en esa búsqueda de lo que define al México del siglo XIX. Al estilo de Landívar, Lacunza reproduce con su pluma un espacio que es motivo de orgullo.

En el discurso también se emplea la catáfora para anticipar que, pese al valor y determinación de Oxfeler y los demás guerreros, la esclavitud es inminente. Se afirma: “La derrota de América se extendió pronto y estaba coloreada de negro, sólo Utali y Oxfeler habían escapado de la muerte; el campo era el sepulcro del ejército; el desaliento era general y el miedo hacía grandes los estragos […]” (p. 36). Los epítetos también se utilizan para calificar la fuerza y el valor del guerrero, así como la belleza de Netzula; constantemente se designa a la joven protagonista como “la virgen”, lo cual implica el uso de la sinécdoque, quien a pesar del amor no cede ante las pretensiones del joven desconocido que la requiere de amores. Utiliza la anáfora cuando ella dice “Nunca, nunca seré de otro”, con lo cual reafirma sus valores familiares de conservarse pura hasta el matrimonio. Se utilizan figuras de repetición para destacar el valor, el honor, la gloria, la patria, la lealtad y el orgullo por la pertenencia al grupo indígena.

Por lo anterior, puede afirmarse que la obra cuenta con los elementos necesarios para considerarse literaria, sin embargo, es un relato lineal, que cierra no de manera inesperada o epifánica. El lector presiente la desgracia, el amor trunco por la muerte de los enamorados, al estilo de la novela romántica, porque está ambientada en escenarios naturales, por el juego de emociones, el dilema entre cumplir como hija obediente de los mandatos de sus padres o bien corresponder el amor del guerrero desconocido, la insistencia en las emociones del personaje femenino Netzula y la proyección subjetiva sobre el paisaje; otro factor es el amor no consumado en lo carnal.
Lacunza no construyó una obra de marcado acento histórico, en todo caso abrevó de manera superficial en la historia de México para crear un espacio ficcional sostenido en un acontecimiento crucial: la invasión hispana, el enfrentamiento con el pueblo del sol y la derrota de éste. Si bien es cierto que no aportó una obra de arte a la literatura mexicana, su obra cobra cierta importancia por la búsqueda de temas propios que definieran lo mexicano, de dotar a la literatura de un nombre y un rostro que la distinguiera de otras, es decir, de mexicanizar la literatura. Lacunza escribió un texto en el que plantea el mundo indígena como un espacio exótico, al mostrar a los nativos como miembros de una sociedad refinada, con valores de carácter moral y emocional. Asimismo, destaca aspectos cívicos, como el amor a la patria, la fuerza y la bravura del guerrero, y su determinación para enfrentar la embestida española.

Es notable la simpatía que muestra el narrador en todo momento por los indígenas, admiración por su valor y rechazo hacia los españoles. Los personajes son idealizados porque fueron los primeros en defender a la patria, sin embargo, fueron derrotados a diferencia de los criollos, quienes los vencieron y lograron la Independencia de México. En ese sentido:

[…] Netzula […] nos dice más sobre su autor, sobre el pequeño grupo de mexicanos que escribieron en ese momento, que sobre los indios de los que se ocupa. Los sentimientos, los valores, son de la generación y el tiempo de Lacunza, no tanto de los indios conquistados por los españoles. (Sandoval, 2012, p. 48).

En todo caso, el autor abreva en ese pasado para expresar sus valores patrióticos y dar tratamiento a los temas que aportaran en ese proceso identitario.

Literatura, indigenismo y nacionalismo
El indigenismo es un movimiento de carácter ideológico cuyo modo de expresión ha sido en los ámbitos artístico, literario, social y político, que autores como Henry Favre lo ubican a mediados del siglo XIX. Se trata de reconocer al indio como un ente inserto en una problemática nacional compleja. En el México de fines de la colonia y principios del período republicano la identidad se construyó sobre la base del indigenismo, que a su vez se vinculó al nacionalismo. Al indio se le concibió como el depositario de los valores nacionales y como el fundamento sobre el que se construiría el nacionalismo, en ese proceso de búsqueda de las raíces se exaltó su cultura y su ser moral. Se reconoció el mundo prehispánico como pasado legítimo, glorioso, en el cual el mexicano del siglo XIX podía fincar su herencia y sentirse orgulloso. De manera paradójica, poco o nada se hizo por incorporar a los pueblos indígenas al proyecto de nación pensado por liberales y/o conservadores. En el siglo XIX en México el indio continuó en la subordinación, en la marginalidad y en la inferioridad sociocultural. Se movió en ese juego entre oprimidos y opresores, entre la visión del hombre blanco bueno y del indígena malo. Los literatos buscaron la identidad y la conciencia nacional de manera incesante, propusieron la idea de pertenencia a un determinado lugar, intentaron unificar al país y construir ese concepto de nación con el que se identificaran todos. Se asimilaron como miembros de un colectivo, con la capacidad intelectual para encontrar los elementos que los definían como nación.

La novela romántica surge como una respuesta ante la crisis de identidad que se vivía en el México del siglo XIX, trata asuntos vinculados con la situación socio-política. Ángel Ocampo señala:

Si se entiende el concepto de identidad como aquella representación totalizante de sí mismo que se da a un pueblo, y desde la cual se posibilita su autoapropiación, el romanticismo agrega a la identidad elementos que le permiten a estos pueblos constituidos recién como Estados, asumir su propia cultura y, en definitiva, asumir su propio destino, independientes de la corona española. (2013, pp. 149-150).

En ese constructo de identidad nacional era necesario deslindarse de la herencia hispana, no sólo dar tratamiento a la realidad circundante, es decir, la naturaleza, los valles, la selva, los llanos, sino también buscar en la realidad interior un espacio libre del sello español. En ese tenor “Fue preciso, por tanto, descubrir una naturaleza propia, la naturaleza americana real, no la imaginada por Europa” (p. 149).

La liberación no sólo fue en lo político y en lo social, sino también implicó una búsqueda de un nuevo lenguaje que sirviera para re-nombrar el espacio interior humano y la realidad externa. Se trató de una reconquista de lo propio y de sí mismos, de un redescubrimiento hacia el interior; dejar de ser conquistados para convertirse en conquistadores de un nuevo lenguaje; auto-reconocerse en el pasado para ser en el presente y proyectarse hacia el futuro. Ocampo señala:

El romanticismo latinoamericano, por su cuenta, […] enfatiza y se dirige, no al anhelo de intimidad y soledad individual sino a la liberación de lo social en la que ese individuo tiene lugar […] este romanticismo constituye un lamento por la desastrosa y, sobre todo, confusa y caótica situación social. (pp. 147-148).

Los escritores en sus obras literarias propusieron modelos de héroes y antihéroes, en ese afán por reivindicar al indígena y su cultura. Si bien es cierto que no todos los escritores buscaron la identidad en el indigenismo, pues significó “[…] la negación de las tradiciones culturales y literarias indígenas se añade más bien la negación de la historia literaria y cultural de la colonia” (Schmidt-Welle, 2018, p. 74).  Ignacio Manuel Altamirano, en su novela El Zarco hace una apología de las virtudes del personaje del indio Nicolás, quien representa al hombre trabajador, honrado y de imponente presencia que se opone al bandido de ojos claros y piel blanca que evidencia cobardía y vileza con sus acciones. Heriberto Frías muestra en su novela a los pobladores de Tomóchic con el valor y el arrojo suficientes para enfrentar a los soldados enviados por Porfirio Díaz para combatir su rebeldía. En la obra se enfatiza que los indios tomochitecos eran famosos por sus estrategias para pelear con sus adversarios, por su inteligencia y su actitud decidida. En la novela histórica Martín Garatuza, de Vicente Riva Palacio, se expresa una crítica a la sociedad colonial, al gobierno virreinal y al Tribunal de la Inquisición al relatar las torturas que aplicaba a quienes eran denunciados por venganza. La obra también se inserta en el indigenismo al plantear que los descendientes de Cuauhtémoc planean rebelarse contra la Corona y recuperar el reino arrebatado por los españoles.

En Netzula se destaca el valor de los guerreros, la pasión con la que pelean por la patria que está a punto de caer en manos de los enemigos. El narrador no puede evitar la admiración hacia sus hazañas y su fortaleza para resistir la embestida hispana. En todo caso los indígenas serían los primeros en participar en la defensa de la patria, como lo hicieron los criollos que participaron en las guerras de Independencia y lo harían los mexicanos, durante casi todo el siglo XIX, para defenderse de las invasiones extranjeras. No es casual que la novela de Lacunza se ambiente en un tiempo crítico, porque lo que busca es evidenciar el valor y el heroísmo de un pueblo que defendió con tenacidad su territorio y su cultura, aunque no pudo evitar el colapso y cayó ante la pólvora, los caballos y los bergantines. Ocampo (2013) dice: “[…] la noción de patria nació marcada por la noción de territorio. Nación y tierra se confundieron para dar soporte a una exaltación de la naturaleza como lo indiscutible y auténticamente propio” (p. 149).

La “realidad” literaria de la que trata Netzula es única y original; responde a la necesidad de girar los ojos hacia un pasaje de la historia de México; debajo de ese mundo oscuro de la colonia estaba algo de lo cual era posible rescatar el sentido de pertenencia, es decir, sembrar las raíces de la mexicanidad para tener bases firmes en el presente y proyectarse hacia el futuro. Netzula se crea entonces por la idea de encontrar una forma de expresión genuina, que tratara sobre la historia mexicana porque no era necesario buscar en una tradición occidental que les resultaba ajena. En ese tenor, Lacunza se une al esfuerzo de lograr una libertad intelectual y literaria, de encontrar una forma de expresión propia que ubica en la lucha por defender la antigua Tenochtitlan. Por tanto, resulta innegable que la literatura influyó en ese proceso de encontrar la felicidad, la igualdad, la justicia que no sólo en México se anhelaba, sino en toda la América hispana. El escritor decimonónico se sentía con el deber de tratar temáticas sociales y políticas, más que personales. Se cree firmemente en la necesidad de legitimar la función del escritor en tanto libre pensador, que en algunos casos opuso resistencia a las dictaduras y fue partícipe en la construcción de una nueva cultura (Laverde, 2010).

Conclusión

Todo texto literario mantiene un diálogo con el pasado y con el presente, se inserta en determinado contexto histórico y socio-cultural que ayuda en su interpretación y análisis, como es el caso de Netzula, de José María Lacunza. El autor refleja la preocupación por los temas del pasado mexicano — sin llegar a demostrar erudición en la historia de la Conquista de México— en ese afán de contribuir en el proceso de identidad de la literatura del siglo XIX. Al tratar Netzula como obra de arte literaria pueden aparecer diversas objeciones, es cierto que se menciona en los trabajos de crítica literaria, y por lo regular no se le ubica en el rubro de las obras más representativas del siglo XIX, al estilo de las creadas por Manuel Payno, Vicente Riva Palacio e Ignacio Manuel Altamirano; sin embargo, cuando se habla de novelas que tratan el tema indigenista aparece como la primera y una de las que necesariamente debe ser revisada por la crítica especializada. También puede afirmarse que su autor es conocido por este título, más que por los otros que creó y como miembro de un espacio en el que convivieron los escritores de su época. Vale decir que el texto analizado cumple como muestra de una etapa de importancia en la historia cultural de México, refleja la preocupación de su autor y las de los tertulianos de Letrán en esa búsqueda de la identidad mexicana.

 
 

Referencias

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NOTAS:

[1] Entre 1781 y 1782 el autor llevó a las imprentas de Módena y de Bolonia su obra poética para su publicación.

[2] Obra escrita en Bolonia, Italia y publicada en ese lugar en 1780. Historia Antigua de México se constituyó en la respuesta que el autor esgrimió contra los europeos que descalificaron a los habitantes, así como la flora y fauna del continente americano. En sus escritos evidenció la admiración reflexiva que sentía por pasado mexicano. El autor vivió en el destierro en vista de pertenecer a la orden de los jesuitas, expulsados de México en 1767.

  Universidad de Guadalajara
Departamento de Filosofía / Departamento de Letras