Del capitalismo al dataísmo: génesis del
algoritmitariado y ascenso de la clase algorítmica
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From capitalism to dataism: genesis of the algorithmitariat
and the rise of the algorithmic class.

 
 

DOI: 10.32870/sincronia.v30.n90.e1062

Esta obra está bajo una licencia internacional Creative Commons Atribución-NoComercial 4.0

 

Abraham González Montaño
Instituto de Estudios Críticos. Universidad Nacional Autónoma de México
(MÉXICO)
CE: abraham.gonzalez@sociales.unam.mx
https://orcid.org/0000-0003-3215-0030

 

     
         

Resumen.
La era dataísta ha alterado drásticamente la constitución de las sociedades en el siglo XXI al modificar y crear para sí innovadores mecanismos de valor y, con ello, nuevos entramados de relaciones sociales que ahora son mediadas por la producción, acumulación y procesamiento de masivos bancos de datos, con el fin de que sean usados para —por parte de la clase algorítmica (naciente clase social gobernante)— modular, intervenir, acoplar y sugestionar algorítmicamente a las personas —ahora convertidos en el algoritmitariado (nueva clase antagónica)— para que compren, participen, se comporten, relacionen, interactúen e incluso existan como se calcula de antemano que lo hagan, mientras, paradójicamente, son explotados al momento en que trabajan de manera gratuita al producir cantidades inmensas de información. Dicho proceder relata una cosa: el nacimiento de la sociedad dataísta y la muerte paulatina de la era capitalista.

Palabras clave: Algoritmitariado. Algoritmos. Capitalismo. Dataísmo. Datos.

Abstract.
The dataist era has drastically altered the constitution of societies in the 21st century by modifying and creating for itself innovative mechanisms of value and, consequently, new networks of social relations that are mediated by production, accumulation, and processing of massive data banks. These are used by the algorithmic class —the emerging ruling social class— to algorithmically modulate, take part, engage, and influence people—now transformed into the algorithmitariat (a new antagonistic class)—so they can buy, participate, behave, relate, interact, and even exist as it has been pre-calculated. Paradoxically, they are exploited while they work for free by producing immense quantities of information. This dynamic reveals one thing: the birth of the dataist society and the gradual death of the capitalist era.

Keywords: Algorithmitariat. Algorithms. Capitalism. Dataism. Data.

 
Recepción: 16/02/2026
Revisión: 14/04/2026
Aprobación: 28/05/2026
 
         
 
 

¿El eterno capitalismo?

Cuando hablamos de capitalismo quizá estamos hablando de algo que ya no es más capitalismo o no por lo menos en su faceta hegemónica para construir mundo a partir de sus relaciones de producción, patrones de acumulación y, sobre todo, como productor de modos de vida a partir de la construcción de sentido político-social. En términos más contundentes —siguiendo las tesis de McKenzie Wark (2021)— las primeras décadas del siglo XXI serán recordadas como los tiempos en los que el capitalismo murió.

A pesar de ello, aún hoy el postulado de que el capitalismo ha muerto suena un poco disparatado, sobre todo porque en la atmósfera intelectual (principalmente de izquierda) se sigue pensando desde dos enclaves teóricos: por un lado, con la idea de que el capitalismo solo podía desaparecer a partir de la gran utopía marxista de la revolución proletaria propuesta por Marx y Engels en el Manifiesto comunista (2007), en donde de manera teleológica había una progresión histórica manifestada en la disolución de las clases sociales; y, por otro lado, al no haberse cumplido la promesa del comunismo dada la caída del Muro de Berlín y la subsecuentemente desintegración de la URSS a finales del siglo XX, el capitalismo pareció invencible, tanto así que Fukuyama (1990) decretaba de forma triunfante el fin de la historia y con ella la luna de miel eterna del capitalismo.

Pero Fukuyama no era el único que decretaba que el capitalismo era insuperable. Por su parte, Jameson (2000) elaboró una fuerte afirmación que hasta la fecha sigue repitiéndose sin cesar, afirmando que “hoy en día nos resulta más fácil imaginar el total deterioro de la tierra y de la naturaleza que el derrumbe del capitalismo” (p.11). Dicha frase, a su vez, cobró popularidad por Slavoj Žižek (2008) mediante una reformulación más atrevida, lo cual dictaba que “es más fácil imaginar ‘el fin del mundo’ que un cambio mucho más modesto en el modo de producción” (p.7), dejando claro una vez más que el capitalismo no tiene fin, tan no tiene que se vive en un “realismo capitalista” en el que “es imposible incluso imaginarle una alternativa” (Fisher, 2016, p. 22).

A pesar de estos destinos manifiestos con sentencias definitivas, ya desde las últimas décadas del siglo XX y las primeras del XXI comenzaron a desarrollarse líneas de investigación que ponían en cuestión la idea de que el capitalismo tradicional (el industrial) se había mantenido invariable conforme a sus formas de producción y, sobre todo, modos de vida. Ejemplo de ello son Daniel Bell (1976) y Alain Touraine (1973) que identificaban un cambio de gran calado en la estructura capitalista, dado que comenzaba a dejar en segundo plano la mera producción industrial y ponía en el centro la producción de servicios, lo cual a su vez modificaba el entorno productivo porque surgían nuevas formas de trabajo ya no destinado únicamente a las fábricas y al campo, que requerían mayor cualificación y conocimiento técnico. Por eso, Bell (1976), de manera muy precisa identificaba que la sociedad postindustrial se organizaba “entorno al conocimiento” (p.34) y ya no a la simple producción en masa de mercancías mediante el binomio trabajador-máquina (mecanizada).

En este sentido, la sociedad postindustrial al girar en torno al conocimiento, se comenzaba a dar el tránsito, pensado por Ramin Ramtin (1991), entre el régimen de las máquinas mecanizadas —máquinas que podían producir al infinito, por lo cual necesitaban ineludiblemente del trabajador para su funcionamiento— y las máquinas automatizadas —máquinas que tienen un elemento perceptual que les permite no tener a un humano de controlador para desempeñar sus tareas, sino solo necesita programación que le permitan procesar información del exterior y ejecutar comandos al interior—, marcando de esta forma un cambio vertiginoso de época.

Esa percepción de avance tecnológico se apoya, aquí, en un encadenamiento breve pero decisivo. En primer lugar, la red nace como infraestructura pública: ARPANET y, más tarde, los protocolos TCP/IP, establecen la interoperabilidad que permite la comunicación entre máquinas y el despliegue de una red de alcance creciente (Baricco, 2019). En segundo lugar, a esa infraestructura se le crea una atmósfera social con la World Wide Web: el lenguaje HTML y la web habilitan un espacio compartido donde documentos y prácticas comienzan a circular, accesibles mediante hipervínculos y navegadores (Zuazo, 2015). Como lo sintetiza Tim Berners-Lee al codificar el lenguaje HTML: la web “tiene como objetivo brindar acceso universal a un gran universo de documentos” (CERN, 1990). Con este giro, internet deja de ser un proyecto técnico y se convierte en un medio de vida: una condición de posibilidad para que la experiencia cotidiana produzca trazas registrables y para que, más adelante, la organización algorítmica de esas trazas se vuelva un mecanismo central de gobierno y valorización. Sobre esta infraestructura técnico-social, el debate crítico comenzó a nombrar la mutación con adjetivos.

Los adjetivos del capitalismo
Estos desplazamientos técnico-sociales no solo alimentaron la hipótesis de que el capitalismo industrial estaba mutando en una sociedad postindustrial, sino que empujaron a diversos autores a nombrar esa transformación mediante adjetivos añadidos. Uno de los primeros fue el de capitalismo cognitivo, desarrollado ampliamente por el (post)operaismo italiano, en el cual se plantea de manera sistemática que el capitalismo tradicional —en el que el trabajo era mecánico y repetitivo— estaba siendo sustituido paulatinamente por un trabajo inmaterial (Lazzarato y Negri, 2001) en el que “la ciencia, la información, el saber en general, la cooperación, se presentan como la base de la producción” (Virno, 2003, p. 106). En esta perspectiva, el eje se desplaza:

[…] en el capitalismo cognitivo la acumulación se funda en la apropiabilidad y en el control del saber y el conocimiento social. En otras palabras, el conocimiento social —es decir, el general intellect— constituye hoy el eje del proceso de creación de riqueza. (Fumagalli, 2010, p. 103).

En suma, el concepto de capitalismo cognitivo “trata de un nuevo ‘sistema histórico de acumulación’, en el cual el valor productivo del trabajo intelectual e inmaterial deviene dominante” (Vercellone, 2016, p. 29).

En paralelo a este diagnóstico, la primera década del siglo XXI consolida una segunda ola de transformaciones: por un lado, el despliegue de máquinas culturales (Finn, 2018), es decir, máquinas de abstracción digital que comienzan a producir mundo (Kitchin, 2017) al estructurar de forma esquemática sentidos y sensibilidades mediante algoritmos. El resultado de este despliegue se materializa en el cercamiento privado de la web a través de múltiples plataformas digitales —infraestructuras que concentran interacción, circulación y producción de información de manera masiva— que terminan consolidando toda una atmósfera mediacional que ordena la visibilidad, jerarquiza lo relevante y vuelve operable la experiencia social en entornos sintéticos. En este régimen, lo decisivo es que la mediación no solo representa la experiencia: la organiza y la vuelve explotable. Y, por otro lado, el smartphone, que opera como condensador material y subjetivo: consolida el “cuerpo-interfaz” (Sadin, 2017, p. 56), generaliza la conexión continua y vuelve rutinaria la producción de trazas por el acceso constante de los usuarios a las plataformas. El resultado no es solamente técnico, sino antropológico: la figura del usuario se estabiliza como forma social propia de los espacios sintéticos, no como el “cuerpo dócil” de una disciplina moderna, sino como un sujeto producido por modulaciones que construyen un andamiaje simbiótico entre objetos técnico-digitales y estructuras afectivas, emocionales, psíquicas y cognitivas (González, 2023, p. 40). Esta transición prepara el terreno para pensar que el cambio ya no se deja capturar únicamente por el capitalismo cognitivo.

Desde aquí, aparecen adjetivos más ajustados al nuevo paisaje. Nick Srnicek (2018) propone el concepto de capitalismo de plataformas, definido como un sistema que dispone de “una significativa materia prima de la cual apoderarse: los datos” (p. 83) y lo hace mediante la constitución de plataformas, entendidas como “infraestructuras digitales que permiten que dos o más grupos interactúen” (p. 45). El núcleo del modelo, entonces, es la aglomeración masiva de usuarios para convertir interacciones en datos, procesarlos y capitalizarlos con fines comerciales, desplazando la centralidad de la producción material de mercancías como forma hegemónica de ganancia.
A la par, Shoshana Zuboff (2020) propone el concepto de capitalismo de vigilancia. Comparte que los datos se vuelven pieza central de la economía contemporánea, pero enfatiza el carácter extractivo de la operación: la experiencia humana se abstrae y se convierte en insumo para vender “productos predictivos que prevén lo que cualquiera de ustedes hará ahora, en breve y más adelante” (p. 21), con la finalidad de perfilar comunicaciones, inducir consumos y, en el límite, modificar conducta (p. 396).

Además de estas nociones, aparecen otros adjetivos sugerentes. Erik Ström (2022) conceptualiza el capitalismo cibernético como un sistema en el que tecnologías de comunicación e información gestionan datos abstraídos de la vida cotidiana para ejercer un control integral de la existencia; en esa lógica, las tecnologías “tratan de hecho a las personas como <<minas libidinales>>, ya que los ratos de su existencia corpórea son trasladados a los niveles más abstractos de la descorporeización tecnológica” (p. 46). Por mi parte, he definido el concepto de capitalismo algorítmico como una estructura tecnoeconómica que produce entornos político-culturales —plataformas— que funcionan como espacios de inscripción a los que les es propicio la extracción masiva de datos y su procesamiento algorítmico para construir horizontes de sentido posibles y probables, y así modular la existencia de los sujetos de manera constante por medio de máquinas inteligentes orientadas a colonizar las afecciones, los pensamientos, el deseo o actuar (González, 2022, pp. 147-148). Además, el capitalismo algorítmico no solo coloniza terrenos sensibles y afectivos, sino que los canaliza para generar dispositivos digitales (González, 2023) que sugestionarían múltiples esferas: desde consumos inducidos por feeds hasta formas de gubernamentalidad electoral o radicalización política (González, 2024a).

Sin embargo, estos adjetivos del capitalismo —y otros como el “capitalismo computacional” de Jonathan Beller (2018), el “capitalismo mundial integrado” de Guattari (2016), el “capitalismo democrático” de Martin Wolf (2023) o el “capitalismo big tech” de Evgeny Morozov (2018)— comparten una premisa: suponen que el capitalismo no ha cambiado en su raíz, sino únicamente en su modo de operar. Mi objeción es otra: cuando cambia el principio organizador de la valorización y del mando, no cambia solo el funcionamiento, cambia la raíz histórica del modo de producción. Este pensamiento rondaba años atrás por mi mente. Sin embargo, aún empecinado en creer que el capitalismo solo moriría para dar paso a una emancipación venidera, seguí afanosamente hablando de capitalismo —ahora, algorítmico. Nada más equivocado. Quien sí vio el cambio con nitidez fue McKenzie Wark (2021), al sostener que esto ya no es capitalismo y al ubicar desplazamientos decisivos con la emergencia de lo digital: no solo se reconfigura el principio de valorización (la centralidad de la mercancía y la extracción de plusvalor se corre, en el vocabulario de Wark, hacia la captura, circulación y explotación de información —un desplazamiento decisivo, aunque no exento de un límite que desarrollaré más adelante—), sino que mutan los medios dominantes de producción (de la máquina industrial a las infraestructuras sintéticas que organizan acceso y registro estableciendo interfaces). Y, con esos desplazamientos, también se modifica la forma del trabajo —que rebasa el empleo obrero y se expande hacia la vida conectada— y el dispositivo de mando, que opera menos por disciplina y más por modulación algorítmica.

¿Postcapitalismo, sociedad vectorista o tecnofeudalismo?

Esto ya no es capitalismo, sino algo todavía peor. La clase
dominante de nuestro tiempo ya no detenta su dominio
a través de la propiedad de los medios de producción,
como hacen los capitalistas; ni tampoco por la propiedad
de la tierra, como hacen los terratenientes. La clase
dominante de nuestro tiempo es la que posee y controla
la información.

McKenzie Wark

La idea de que el capitalismo había muerto tintineó en mi cabeza en los últimos años de una manera peculiar y todo comenzó con el libro de Paul Mason (2015) en su famoso texto Postcapitalismo. En él plantea una hipótesis interesante: ¿acaso no la crisis sistemática del capitalismo en sus funcionamientos torales impactados por los cambios tecnológicos abruptos, la precarización laboral, la creciente automatización y la virulencia de las crisis económicas no han dado lugar a la factibilidad de una sociedad postcapitalista? Su respuesta no es contundente, pero sí ofrece una construcción utópica de cómo debería ser el postcapitalismo, el cual en principio tendría que fomentar un entorno colaborativo no solamente en la producción económica, sino también en los espacios sintéticos impulsando proyectos de software de código abierto. Asimismo, propone la participación del Estado con una renta básica universal, además de transformar al sistema financiero reduciendo a su mínima expresión los mercados especulativos.

A pesar de que Mason no da el salto para decir que el capitalismo ha muerto, bosqueja un buen panorama para pensar que la crisis del capitalismo es tan profunda que no tiene otra salida más que cambiar rotundamente el sistema a expensas de su aniquilación. Esa intuición —que Mason deja como posibilidad— Wark (2021) la radicaliza: ya no como horizonte utópico, sino como diagnóstico, afirmando: “esto ya no es capitalismo, se trata de algo peor. Y las buenas noticias: el capitalismo no es eterno y, aunque este modelo de producción pueda ser peor, no es para siempre” (p.44). En este sentido, el capitalismo muere para Wark por las premisas identificadas por Mason de una crisis generalizada en el modelo de acumulación, donde el capital para seguir manteniendo procesos de valorización y así extraer ganancias renuncia a su envoltura histórica, el capitalismo. Es por eso que “¡El capitalismo puede <<destruirse>> a sí mismo! De hecho, su autodestrucción se convierte en su esencia” (Wark, 2021, p. 43).

En la medida en que el capitalismo pierde hegemonía, Wark observa que se abre un nuevo tipo de organización social-económica, en la que resulta importante ya no tener solamente el control de los medios de producción (aunque esas viejas fracciones del capitalismo no desaparecen, su dominio queda rearticulado por la infraestructura informacional que organiza la acumulación), sino, sobre todo, de mantener el control de la información, su circulación, producción y almacenamiento. Con ello, surge una nueva clase social, la vectorista, que construye toda una infraestructura que se monta en la galaxia-internet y se posiciona en el medio, justamente como un vector, que conecta a los clásicos proveedores capitalistas con los usuarios. Pero el vector no solo es un intermediario que conecta los polos de la producción y el consumo de mercancías, sino que antecede a las mismas mercancías y a la propia producción abstrayéndolas a la lógica binaria computacional de la información, porque esta “nueva clase controla o posee la información sobre las cosas, en lugar de las cosas mismas” (Wark, 2021, p.123). Por ello:

[…] si la clase capitalista posee los medios de producción, la clase vectorista posee los vectores de la información, los extensos vectores de información que atraviesan el espacio. Poseen los intensivos vectores de la computación, que aceleran el tiempo, poseen los copyrights, las patentes y las marcas que capturan nuestra atención, o bien asignan autoría a técnicas nuevas. Poseen los sistemas logísticos que gestionan y monitorizan el estado y el desplazamiento de cualquier recurso. Poseen las herramientas financieras que reflejan el valor de cada recurso, y que pueden aplicarse a los mercados para determinar el posible valor de cualquier combinación futura de esos recursos. Poseen los algoritmos que clasifican y asignan una información particular en una circunstancia particular (Wark, 2021, p. 75).

Esta naciente clase social se manifiesta en grandes corporaciones (Google, Facebook, Amazon, Alibaba, Mercado Libre, Microsoft, Apple, Nvidia, etc.) que controlan las cadenas de valor al abstraer a las mercancías y al dinero en manifestaciones, antes que todo, informacionales. Sin embargo, su tarea no solo queda ahí, sino también, como nueva clase social subsume a quien es el punto de partida y de llegada de esas cadenas informacionales, la clase antagónica, que Wark (2021) llama hacker (p.115), que está compuesta por multitudes de productores de dicha información (trabajadores digitales, creadores de contenido, hackers) a los que luego les es expropiada.

Sin embargo, aquí aparece el límite anunciado a la propuesta de Wark: la información en bruto no es todavía el núcleo. Lo decisivo es el procedimiento por el cual esa información se vuelve dato operable mediante curaduría algorítmica. Y, con ello, también se desplaza el antagonismo: no se trata solo de una clase hacker, sino de la generalización del trabajo sintético del usuario fuera de quien trabaja explícitamente en el mundo digital. Este punto será central para entender por qué el vectorismo ilumina, pero no agota, el régimen emergente.

Ahora bien, inspirado por Wark, Varoufakis (2023) sigue la tesis de que el capitalismo ha muerto, pero lo ha sustituido no la clase vectorista, sino paradójicamente, el sistema que pereció por el capitalismo, que ahora ha sido renovado por las nuevas plataformas digitales, que basan su operatividad en el ejercicio de extracción de rentas por los servicios de intermediación que ofrecen. Varoufakis lo llama tecnofeudalismo, modelo económico que se desarrolla a partir de una “universalización de la explotación”, en la que los usuarios que confluyen en las tierras sintéticas de los nuevos feudos digitales (plataformas) trabajan como siervos produciendo de manera continua datos, que luego son extraídos por los (neo)señores feudales que, sin producir ningún valor de uso y de cambio, se los apropian en clave de renta por el servicio que ofrecen obteniendo así ganancias. En otras palabras, en el tecnofeudalismo los siervos digitales producen datos y generan contenido, pero quien se queda con los réditos son las grandes corporaciones tecnológicas, que son los nuevos feudos en la nube al posicionarse como los intermediarios ineludibles de este sistema económico. Es por eso que “los mercados, el medio del capitalismo, han sido sustituidos por plataformas de comercio digitales que parecen mercados, pero no lo son, y que se entienden mejor si los consideramos feudos. Y el beneficio, el motor del capitalismo, ha sido sustituido por su predecesor feudal, la renta. En concreto, una forma de renta que debe pagarse para tener acceso a esas plataformas y, en general, a la nube” (Varoufakis, 2023). Aquí la renta aparece como mecanismo sine qua non para la obtención de réditos. La cuestión es si es el mecanismo hegemónico de acumulación o uno entre varios en un régimen cuya especificidad depende, además, de la datificación y de la curaduría algorítmica.

Por lo anterior, el tecnofeudalismo se posiciona como un modelo económico parasitario en el que, por un lado, subsume a la producción industrial y la somete a sus intermediaciones para ser el gran comercializador de todas las mercancías dentro de sus circuitos binarios; y, por otro, aglutina a las multitudes de usuarios que, con el afán de entrar en convergencia con el mundo digital, se convierten en incansables productores de datos que son extraídos en clave de renta por los señores tecnofeudales para, en primer lugar, ser los primeros en ser intervenidos para consumir y, en segundo lugar, no dejar de ser productores de datos por el efecto de enganche que tienen las plataformas digitales con los usuarios (Varoufakis, 2023).

Esta idea de tecnofeudalismo no es exclusiva del exministro de Finanzas de Grecia, sino hay dos autores más que sostienen que el proceso de acumulación se está dando en gran medida por y a través de la renta: Mariana Mazzucato y Cédric Durand. En lo que respecta a Mazzucato (2020), menciona el surgimiento de un feudalismo digital que se da por la apropiación por parte de los grandes centros tecnológicos de los recursos públicos (principalmente los estadounidenses) que financiaron no solo el surgimiento del internet, sino de otras tecnologías como el GPS. Ante ello, estas empresas no crean por sí mismas valor a través de la innovación, al contrario, lo capturan al extraerlo no solamente de la financiación pública, sino ahora también por la monopolización “de los servicios de búsqueda y comercio electrónico (Mazzucato, 2020). Por eso, para Mazzucato (2020) es importante “crear un ambiente que recompense la genuina creación de valor y castigue la extracción de valor es el reto económico fundamental de nuestro tiempo”.

Por su parte, Cédric Durand (2021), que al igual que Varoufakis —pero antes que éste— es interpelado por Wark a través de la premisa de que esto ya no es capitalismo y realiza un análisis interesante sobre el tema partiendo con un cuestionamiento: “¿Será que la generación de ganancias fuese orientada mayoritariamente hacia la apropiación y no ya a la producción de valor?” (Durand, 2021, pp. 254-255). La contestación rápida que realiza Durand es contundente: ahora el valor es depredado —concepto que toma de Thorstein Veblen (2004) —, es decir lo captura una clase rentista que no produce nada, que no invierte en algo material y que, además, traba las relaciones sociales sujetando a quienes producen la materia prima del mundo digital —los datos— con las tierras sintéticas de las plataformas, porque justamente no usarlas es aceptar el exilio social voluntariamente (Durand, 2021, p.250). En pocas palabras, “la economía política de lo digital, en mi opinión, depende principalmente de la problemática de la renta” (Durand, 2021, p. 240).

Estas tres nociones populares sobre el tecnofeudalismo o feudalismo digital descansan en una premisa general: la clase social tecnofeudal depende hegemónicamente de su capacidad para capturar, depredar y extraer rentas a partir de sus plataformas digitales que, al no ser más que intermediarias por el hecho de conectar a los consumidores con los productores controlando los datos que ahí se generan, obtienen sin hacer más ganancias exorbitantes. Sin embargo, este argumento presenta un severo problema: si las plataformas digitales no producen valor y solamente se dedican a extraerlo, ¿por qué destinan año con año miles de millones de dólares en sus departamentos de desarrollo e investigación? Es más, según la Organización Mundial de Propiedad Intelectual, desde 2003 se muestra una tendencia sostenida de inversión de las grandes empresas tecnológicas del mundo en investigación y desarrollo (Bonaglia et al., 2024). Ahora bien, la inversión en I+D no prueba por sí sola producción de valor en sentido estricto, pero sí indica que el dominio de las plataformas depende de innovaciones técnicas continuas que reorganizan extracción, predicción y control, es decir, no son meros peajes pasivos que realizan así porque sí las plataformas.

Sin embargo, este problema que hace fuga a la noción tecnofeudal no es el único que lo hace colapsar. Por lo menos, se pueden agregar dos más: 1) los tecnofeudalistas analizados parten también del hecho de que toda su infraestructura se sustenta en una captura aún más profunda que se funda en la apropiación de los recursos públicos con los que se financió todo el proyecto de la galaxia internet por las inversiones del Estado (estadounidense, sobre todo). Este por sí solo no sería un problema, pero al hacer la operación de que las grandes tecnológicas expolian lo público para el beneficio privado por medio de la voluntad estatal para obtener una renta originaria, obvian el hecho de que en principio el capitalismo para su formación histórica parte de un proceso de expropiación, brillantemente expuesto en el capítulo 24 de El Capital por Marx (1988), y no por ello fue un proceso rentista a pesar de la participación peculiar y constante del naciente Estado, pero, además, esta operación no sería un rasgo distintivo per se del tecnofeudalismo, sino una táctica bien aprendida y llevada a cabo por una nueva naciente clase social hegemónica que, paradójicamente, sustituye a la que le dio en principio vida. Siendo preciso, estas tácticas de apropiación e incentivos estatales no convierten a la clase digital en rentistas para sí y por sí por el simple hecho de que el Estado volvió a asumir un rol constitutivo para impulsar, financiar y generar leyes en pro de dicha nueva clase hegemónica. De hecho, como bien lo señala el mismo Varoufakis, al Estado norteamericano no le quedó de otra más que incentivar a la oligarquía digital para salir del embrollo en el que se había metido por la especulación inmobiliaria de 2008 (curiosamente, otra forma de renta); 2) estas concepciones del tecnofeudalismo parten de un supuesto de ruptura total, es decir, posicionan a la renta como el mecanismo central y cuasi único para la acumulación de riqueza en la sociedad digital, importándoles poco la confluencia de múltiples formas para crear valor y extraerlo procedentes de otros modos de producción históricos. Habrá que recordar, a forma de cura ante estos posicionamientos deterministas, que el nacimiento del capitalismo se dio en parte por la confabulación de prácticas heredadas de otros modos de producción como el esclavista, por ejemplo, cosa que Ferdinand Braudel (1986) identifica al analizar el famoso triángulo de la esclavitud que permitió el desarrollo de las fuerzas productivas de los Estados Unidos. En cada modo de producción hay una mezcla de funciones y formaciones históricas ya desarrolladas en algún otro, por lo que, por lo menos en términos sociales conforme a sus producciones históricas de sentido y de vida, nunca nada muere en totalidad.

Ahora bien, por estas deficiencias que ponen en entredicho la fuerza conceptual del tecnofeudalismo para describir a la sociedad actual, cabe preguntar si existe otra conceptualización capaz de ofrecer una amplitud de miras que trate al mundo digital como algo realmente novedoso. A grandes rasgos, se abren dos caminos: por un lado, seguir los pasos de Wark y postular la sociedad actual como vectorista; por otro, recuperar y desarrollar el concepto de dataísmo (Brooks, 2013) como nombre de la racionalidad histórica emergente.

Me inclino por el segundo no por preferencia terminológica, sino por una razón de fondo: la sociedad vectorista ilumina la centralidad de las plataformas en tanto vectores que controlan la circulación y el acceso a la información, pero se queda corto para nombrar el núcleo productivo del presente. La información, en bruto, no describe el punto decisivo. Lo decisivo es el proceso por el cual esa información se vuelve dato, eso que catalogo como curaduría algorítmica, es decir, un régimen de transformación que abre primero un espacio de inscripción (para hacer legible la vida), captura después lo inscrito, lo ordena y lo jerarquiza, y finalmente lo devuelve al usuario como norma práctica en forma de recomendación, ranking o perfilaje. Solo al atravesar ese proceso la información adquiere densidad económica y política: se vuelve insumo de predicción, intervención y modulación.

Además, ese desplazamiento obliga a corregir la figura de la clase antagónica: lo que se explota no es únicamente el trabajo de una “clase hacker”, sino la producción generalizada de trazas y contenidos por parte de todo usuario en las plataformas digitales. Al transformar información en datos, las plataformas no solo organizan el proceso productivo: también instituyen el mecanismo por el cual extraen valor a partir de una fuerza de trabajo difusa, continua y no reconocida. Haciéndole un détournement a Marx, el punto de partida y de llegada del dataísmo son los datos, así como en el capitalismo lo fue el propio capital.

Bienvenidos a la sociedad dataísta

La religión emergente más interesante es el dataísmo,
que no venera ni a dioses ni al hombre: adora los datos

Yuval Noah Harari

El término dataísmo se populariza en el debate público con David Brooks (2013), quien celebraba el big data como vía para superar sesgos cognitivos y mejorar decisiones públicas. La historia reciente, sin embargo, obliga a tomar en serio la advertencia del Comité Invisible (2015): “cada época sueña con la siguiente, aun cuando el sueño de una puede convertirse en la pesadilla cotidiana de otra” (p. 44).

De manera contraria y años más tarde, Yuval Harari ve el concepto de dataísmo como un nuevo culto, como una nueva religión hacia y por lo datos, por ende, para él “el dataísmo sostiene que el universo consiste en flujos de datos, y que el valor de cualquier fenómeno o entidad está determinado por su contribución al procesamiento de datos” (Harari, 2016). Sin embargo, Harari tiene un problema, que ve al dataísmo como el elemento ideológico-cultural del modo de producción capitalista y no como su sucesor.

De mi parte, considero que el dataísmo[1] es el sustituto del capitalismo, porque por lo menos el cascarón conceptual propuesto por Harari acepta de facto la singularidad del nuevo mundo postcapitalista, que son los datos, los cuales se convierten en tales por un doble funcionamiento que cambia el entorno productivo del capitalismo: en primera, porque se crea toda una atmósfera sintética a partir de las plataformas digitales para hacer confluir dentro de sus espacios a un nuevo tipo de fuerza de trabajo, el algoritmitariado, es decir, usuarios que se inscriben voluntariamente en las plataformas digitales y que, por su simple interacción y/o creación de contenido al abstraer su existencia dentro de los mismos, producen cantidades enormes de información de manera gratuita, en términos de Tizana Terranova, desempeñan un “trabajo gratuito”[2] (Terranova, 2004) (Terranova, 2018); y en segunda, dicha información, a su vez es capturada por las plataformas —por el antagonista del algoritmitariado, la clase algorítmica, dueña de los medios digitales de producción— y, por medio de algoritmos, realizan un proceso de curaduría dando vida a los datos como tales.

Este procedimiento en el que se crean los datos persigue un objetivo toral e intrínseco, que la estructura dataísta tenga su propio modelo de creación de valor a partir de un funcionamiento peculiar: con los datos procesados algorítmicamente, las plataformas conocen de manera total a los usuarios, no solo conforme a sus gustos, deseos y aspiraciones, sino también sus preferencias sexuales, el color de su piel, su género y hasta su filiación política, algo explorado y demostrado brillantemente por Kosinski y compañía en 2013 (Kosinski, Stillwell y Graepel, 2013) y 2017 respectivamente (Matz, Stillwell, Nave y Kosinski, 2017). Dicho análisis pormenorizado de las plataformas sobre el algoritmitariado sirve, a su vez, para dar inicio al proceso de valorización, primero, porque el resultado del conocimiento es vendido a terceros en clave de espacios de publicidad, es decir —y como bien lo señala Morozov (2022)— lo que se vende es la atención de los usuarios para generar engagement; segundo, para mantener la atención del algoritmitariado con el fin de que sigan trabajando gratuitamente produciendo información al consumir el contenido cuasi infinito en los espacios digitales, construido, paradójicamente, por ellos mismos, se desarrolla un proceso en el que las plataformas sintéticas no dejan de reinventar a sus algoritmos para presentar contenido perfilado a cada uno de los usuarios y así mantener activa y en constante crecimiento la generación de información y, por ello, de datos comercializables; tercero, los algoritmos al perfilar el contenido particular de y a cada uno de los usuarios haciéndolo acorde a sus gustos, visiones, expectativas, deseos y hasta sueños puede no solo prever y anticipar “lo que cualquiera de ustedes hará ahora, en breve y más adelante” (Zuboff, 2020, p. 21) sino también de “modificar, incidir, persuadir, sugestionar, modular e intervenir en las prácticas, conductas, pensamientos, hábitos, formas de ser, sentir y hasta construir sentido y afinidad política en los usuarios dentro de una red social” (González, 2024a) para terminar por generar un esquema completo en donde no solo se vendan bancos de datos, sino proyecciones, previsiones y, sobre todo, futuros; y, cuarto, para que todo lo descrito pase, el mundo material creado por el capitalismo tiene que pasar por un proceso de reconversión binaria, es decir, el mundo debe abstraerse en clave de dato en el mundo-internet, para que el dato anteceda a todo, es decir, que sea más importante el dato de la mercancía que la mercancía, que sea más importante el dato recopilado por el smartwatch de cuando se camina que caminar, que sea más importante el dato del lugar a visitar que el lugar mismo. En la sociedad dataísta lo único que importan son los datos y aún, en su más profunda negación, quien los crea, el algoritmitariado.
En este sentido, el algoritmitariado no solo desempeña una labor económica de producción de valor a partir de su trabajo gratuito, sino que a la par encarna una nueva relación política al ser posicionado como el elemento de destino del funcionamiento dataísta. Para ello, sus interacciones dentro de los entornos digitales no se desarrollan a partir de su relación con la otredad, sino consigo mismo, porque las plataformas aparte de configurarse como espacios de inscripción, se estructuran también como máquinas-espejo (González, 2022), en donde en un inicio “lo único que ve y se le presenta al usuario son sus gustos, preferencias y deseos particulares sobre su consumo de contenido online” (González, 2024a, p. 44), pero después ese reflejo poco a poco va reemplazando al ser fuera de la pantalla mostrando nuevo contenido, preferencias inducidas y gustos inculcados para que ahora el usuario imite a su reflejo ahora reflejándolo, entablando así una servidumbre algorítmica dado que la máquina ya no será más una extensión del ser humano, sino el ser humano pasa a ser una continuación de la máquina, donde los ordenadores fabrican realidad, producen mundo (González, 2024b).

Esto a su vez tiene un impacto significativo en la forma en que las personas se relacionan entre sí, porque al usuario al ensimismarlo con pura positividad que no hace más que reforzar sus cosmovisiones, la figura del otro pierde total importancia, negando de esta manera la pluralidad dentro del mundo y, por consecuencia, a la otredad como elemento sine qua non de los entornos democráticos, por el hecho de que los otros confrontan las posiciones univocas incentivando la alteridad y haciendo patente que existen otras maneras de ser y de pensar más allá de nuestra posición como sujetos políticos. Al algoritmitariado, por ende, se le construye un entorno de sentido político en donde no hay conflicto, pluralidad y agonismo, sino mismitud, repetición y solipsismo. El algoritmitariado está solo con sus múltiples doppelgangers, pero jamás confrontado por alguna visión diferente que le promueva contrastar las ideas de la máquina que termina por reflejar e imitar.

Conclusión
En un pequeño cuento de Borges (1974) de tan solo un párrafo titulado Del rigor de la ciencia, relata una historia en la que en un imperio la cartografía alcanzó tal grado de perfeccionamiento que logró hacer un mapa de su territorio en escala de uno a uno. Tan perfecto fue el mapa, que representó al imperio en totalidad, aún mejor (o peor, depende de donde se le mire), se superpuso a este. Sin embargo, al paso de los años y las generaciones, estas al no encontrarle una finalidad, dejaron que el mapa se deteriora hasta llegar a encontrar en los rincones de la tierra restos de él que ya no importaban más.

Brillante cuento, a ojos de Baudrillard (2012), representa el dilema metafísico por excelencia: la distinción entre lo que es real y lo que es una mera copia, es decir, una representación. Baudrillard no satisfecho con ello, lanza una hipótesis sugerente: ¿acaso no vivimos en una era en la que los mapas reemplazan a los territorios, donde lo real es suplantado por la simulación? Dicha premisa es sostenida a lo largo y ancho de sus obras, sobre todo centrándolas en la lógica del consumo (Baudrillard, 2011), donde sostiene que lo que importa de los objetos no es su presentación material enclavada en su valor de uso y de cambio, sino en su simulación al encarnar signos para producir formas de existencia y, sobre todo, estilos de vida a partir de lo que ofrecen simbólicamente las mercancías. Sin observarlo Baudrillard, de fondo de la sociedad del consumo se construía todo un entorno que comenzaba a cartografiar al mundo, a abstraerlo, empezando todo, como se ha dicho, con la ARPANET y teniendo como desenlace el internet, donde ya no solo se abstrae al mundo, sino se crea(n) mundo(s), compuesto por datos, los cuales preceden todo: caminar, viajar, platicar, comprar, comportarse en la calle, en la escuela, en la misma casa, con los amigos, con la pareja, con el Estado. En términos simples, valen más los datos que se sacan de la existencia del ser humano al abstraerla y procesarla en la atmósfera sintética que la misma existencia en sí, por eso todo es cuantificable y debe ser cuantificado, como lo menciona Steffen Mau (2023), todo es reducido a las cadenas infinitas de los 0 y de los 1.

De esta forma, la época dataísta crea su mundo que no tiene límites y que toma por asalto al capitalismo subordinándolo al mundo de las apariencias, de las simulaciones, donde “los ordenadores fabrican nuestra realidad, la organizan y la orientan. Producen convenciones y sistemas de equivalencia que seleccionan algunos objetos en detrimento de otros, imponen una jerarquización de los valores que vienen progresivamente a dibujar marcos cognitivos y culturales de nuestras sociedades” (Cardon, 2018, p.21). Ahora ya ni siquiera importa si hay simulaciones, porque en la era en las que todas lo son ya ninguna termina por serlo.

En suma, la época dataísta ha cambiado de forma radical las premisas básicas del capitalismo: desplaza al proletariado como forma de trabajo hegemónica y lo sustituye por el algoritmitariado; la burguesía pasa a un segundo plano por la insurgencia que realiza la clase algorítmica creando otro mundo que subsume al material volviéndolo aún más abstracto.

El capitalismo ha muerto, dice McKenzie Wark, y efectivamente ha muerto, pero lo ha matado el modelo dataísta de producción

 

 
 

Referencias

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NOTAS:

[1] El concepto de dataísmo nombra un modo de producción cuyo núcleo operativo ya no es la explotación de la mano de obra para la producción en masa de la mercancía industrial, ni la sola circulación de información, sino la transformación sistemática de la vida social en dato mediante procesos de curaduría algorítmica. Por ende, en el dataísmo, las infraestructuras sintéticas (plataformas, dispositivos, arquitecturas digitales) construyen un modelo de inscripción permanente que les permite capturar información conductual, afectiva y cognitiva, para así ordenarla y jerarquizarla algorítmicamente y generar datos que pueden usar para la modulación experiencial del usuario, convirtiéndolo ya en este último paso en algoritmitariado.

[2] Resulta importante mencionar que el trabajo gratuito para Terranova (2004) es la actividad productiva no remunerada que participa activamente en el proceso de valorización. Dicha forma de trabajo en la sociedad capitalista ocupa un rol secundario, sobre todo porque se desarrolla en la invisibilidad del hogar en las tareas que tienen que ver con el cuidado. Sin embargo, esto cambia en la sociedad dataísta, porque el trabajo gratuito sale de la esfera invisible del oikos, y se posiciona como la fuente principal de la generación de valor. Asimismo, es importante destacar que este concepto resulta muy preciso para identificar el trabajo que desempeña generalmente el algoritmitariado manifestándose como simple usuario de las plataformas digitales que, por ese hecho y sin más, comienza a producir bastante información en la red. Cabe resaltar que este concepto se contrapone de forma radical al de “desposesión digital” propuesto por Zuboff (2020), ya que ella parte del hecho de que los usuarios son despojados de sus datos, sin embargo, no vislumbra el hecho de que nunca fueron de ellos, dado que los datos solo existen por la estructuración del dataísmo sintetizado en las plataformas digitales que los posibilitan tanto en producción, como en captura y procesamiento. Por ello, no puede haber desposesión de algo que nunca te perteneció.

 

 
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